Opinión

ENFOQUE | Autoritarismo e intolerancia, malos compañeros (en el 197 aniversario patrio)

Gonzalo Marroquín Godoy

Una eufórica celebración de nuestro 197 aniversario de independencia hemos visto durante los últimos dos días, y no es para menos. Han sido casi dos siglos en los que la lucha por la libertad, el respeto de nuestros derechos y el constante caminar para hacer de Guatemala un mejor lugar , han marcado la vida de los guatemaltecos, generación tras generación.

Eso sí, ha sido un camino lleno de espinas, un camino tortuoso en el que el pueblo –en diferentes épocas–, ha sufrido por el autoritarismo, la intolerancia, la corrupción y la incapacidad de una clase política que pasó de ser casi bipartidista –liberales y conservadores– a un chimichurri político que ha sido incapaz de construir una verdadera institucionalidad de partidos políticos con filosofía, principios y valores.

Guatemala celebra hoy la fiesta de su independencia. Han sido 197 años de luchas por forjar un mejor país. Los gobernantes casi nunca han dado la talla.

En el siglo XIX, tras la independencia en 1821, el país vivió períodos de inestabilidad con cambios políticos y las primeras dictaduras, siendo la más destacada la del creador de la República, el conservador Rafael Carrera y Turcios quien gobernó dos períodos (1844-1848 y 1851-1865) pero fue el “hombre fuerte” del país por 21 años.

La segunda mitad del aquel siglo es dominada por gobiernos liberales dictatoriales, autoritarios y militares, principiando por Justo Rufino Barrios (1873-1885) –conocido como “El Patrón”–, Manuel Lisandro Barillas (1885-1892), José María Reyna Barrios (1892-1898), para terminar el siglo XIX y empezar el XX bajo la mano dura de Manuel Estrada Cabrera (1898-1820) –el Señor Presidente– , el dictador que más tiempo ha permanecido en la presidencia de la República.

Aunque la historia recoge “logros” de los dictadores lo que destaca en cada dictadura es el temido autoritarismo y la intolerancia manifiesta. El resultado fue siempre el mismo: se benefició –quizás– a determinados sectores o grupos de clase, pero se hizo poco para que el país avanzara social y económicamente, al tiempo que se pudiera consolidar la democracia.

La tónica siguió en el siglo XX con los militares José María Orellana (1921-1926), Lázaro Chacón (1926-1930) y, por supuesto, el peor de esta época, Jorge Ubico (1931-1944). Hay muchos que ven “avances” en las dictaduras, pero más allá de edificios y en algunos casos pasos al modernismo, nunca se logró combatir la pobreza y atender el rezago social. El país ha avanzado más por inercia.

Tras la Revolución de octubre de 1944, que ha sido una de las pocas explosiones que ha tenido el pueblo guatemalteco, la tónica cambió poco, con la excepción de Juan José Arévalo (1945-1951), un presidente más democrático que los demás.

Después fueron militares intolerantes y autoritarios –con el paréntesis de Julio César Méndez (1966-1970), quien sin embargo, tuvo que gobernar de la mano con los militares, un error que ahora está repitiendo Jimmy Morales.

Se habla de la “era democrática” iniciada en 1986. En realidad ha sido una mediocre democracia, en la que la clase política creó una alternancia en el poder, derivada de un fallido sistema multipartidista, que ha sido incapaz de construir una institucionalidad sólida. La corrupción, que siempre se vio en aquellas dictaduras y gobiernos autoritarios –muchas fortunas surgieron de ellos– se desbordó más aun con el inicio de los gobiernos civiles.

Corrupción, militarismo, autoritarismo e intolerancia, son una mezcla explosiva que el pueblo debe rechazar por esa historia que ha dejado poco al país.

Hay quienes aplauden dictaduras como la de Pinochet en Chile o algunas criollas –Ubico, Barrios, Estrada Cabrera–, pero la verdad, todas terminan con balanza negativa, básicamente porque han fomentado la corrupción y la impunidad.

Jimmy Morales llegó a la presidencia rodeado de pocas expectativas. Su pasado como cómico no permitía pensar que podría convertirse en una persona autoritaria y que sería intolerante. Su mentor, Álvaro Arzú, se caracterizó precisamente por esas dos debilidades políticas y se las heredó. Su admiración por los dictadores –miren los nombres de algunos pasos a desnivel–, le hizo así.

El presidente guatemalteco se pelea con todo aquel que se atreve a criticarle –intolerancia plena–, como estudiantes, prensa, campesinos, indígenas o sectores sociales. Nada bueno puede dejarle esta actitud. Él anunció que trabajará “durísimo” en el año y tres meses que le quedan. No basta con eso. Sería mejor que buscara ser un gobernante trabajador, bien intencionado, transparente, respetuoso. Pasaría a la historia bien y no como lo hará, marcado por ser intolerante, autoritario y estar a favor de la corrupción y la impunidad. El guatemalteco común y corriente tiene que seguir luchando por los ideales que alientan a un país libre, tan libre, que no se pueda cerrar por la fuerza su plaza pública.

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