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Elecciones: un capítulo que deja lecciones

CRONICA


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Está claro que las Elecciones Generales no eran –ni lo han sido– la solución a la crisis política que vive el país, pero sí un paso necesario para fortalecer la institucionalidad y la democracia, golpeadas ambas profundamente a causa del agotamiento de un sistema de partidos políticos que se niega a su depuración y renovación total.
Explicar el triunfo en primera vuelta de Jimmy Morales (FCN) no tiene demasiada complicación: él se mantuvo alejado del estereotipo del cuestionado político tradicional, y le favoreció surgir en medio de un movimiento ciudadano que repudia el quehacer político de las últimas décadas. Su victoria no es producto de una estrategia predeterminada, más bien es resultado del momento en que se desarrolla la campaña electoral.
Mientras la mayoría de candidatos no leía o no entendía el mensaje de las protestas y malestar ciudadano, Morales, un artista de la comedia con pretensiones políticas desde hace 4 años –fue candidato a la alcaldía de Mixco en el 2011–, se distanció hasta consolidar la posición de privilegio con la que principia la segunda vuelta electoral.
En el otro lado está Sandra Torres (UNE), ex primera dama de la nación y tenaz aspirante a la primera magistratura, quien superó sobre la meta a Manuel Baldizón, el candidato de Líder, incapaz de detener la caída de su popularidad, producto de los escándalos, errores e incapacidad para entender lo que ha sucedido en el país. Ella será una rival complicada para Morales.
La llamada clase política debe aprender de las lecciones que hasta ahora nos ha dejado este proceso electoral: 1. hay un fuerte despertar ciudadano que rechaza la politiquería, la corrupción y la impunidad; 2. la fiscalización social es una realidad; 3. las instituciones, principalmente del sector justicia –pero también el TSE– empiezan a funcionar, producto de los cambios que trae la crisis; 4. los guatemaltecos han optado por la democracia, pero esperan resultados positivos del nuevo Gobierno; y 5. nada está escrito en materia política en estos momentos.
La segunda vuelta electoral será muy diferente. Habrá menos distractores, y la ciudadanía exigirá más profundidad en los planteamientos de los dos finalistas. No bastará con discursos. Se pondrá a prueba lo que uno y otra proponen como planes de Gobierno. La prensa y la sociedad escudriñarán más, todo con el fin de promover una mayor transparencia y una elección más precisa.
Será interesante conocer lo que ambos muestren en la dirección de lo que la sociedad demanda, particularmente saber si están dispuestos a promover el cambio más radical posible al sistema de partidos políticos.
Es difícil pronosticar un resultado electoral ahora mismo. La primera vuelta dio a Morales el triunfo, pero con una diferencia que no garantiza que repita el resultado en las urnas el próximo 25 de octubre. En el ambiente siguen las dudas sobre su capacidad y liderazgo para sacar adelante al país, pero también sobre su entorno partidario, muy cuestionado por la supuesta vinculación de algunos exmilitares.
Torres tampoco lo tiene fácil, en el sentido de que no se ha olvidado la falta de transparencia con que se manejaron los programas sociales durante el Gobierno de su entonces esposo, Álvaro Colom.
Ambos intentarán demostrar que pueden responder a los intereses del clamor popular. El que mejor haga esta tarea, puede ser el que la población vote mayoritariamente en la segunda vuelta.
Como se ha dicho y repetido, es un proceso electoral atípico. Más que promesas de campaña –típicamente mentiras–, se querrá comprobar con hechos de lo que son capaces los dos aspirantes. El conocimiento superficial de Morales en la primera vuelta se verá borrado en la segunda, por lo que ahora está obligado a tener una estrategia definida. Torres, en cambio, deberá hacer esfuerzos para cambiar la idea que amplios sectores de la población tienen de su paso por el Gobierno.
Lo importante, y no hay que perderlo de vista, es que el voto ciudadano es el que decide. Quien gane tendrá que aceptar la fiscalización ciudadana. La Guatemala de hoy no es la misma que la de hace cuatro años, ni de hace un año. Es la Guatemala que encontró la conciencia ciudadana que había perdido.

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