Editorial

Manejo de crisis y conducción del país requieren liderazgo

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En mayo de 1940, Inglaterra estaba inmersa en la Segunda Guerra Mundial y enfrentaba, además de la fuerza militar nazi, temores y gigantescos problemas derivados de la confrontación bélica. Requería de un capitán de navío que le llevara a puerto seguro.

El Rey Jorge VI propone para el cargo de primer ministro a Winston Churchill, sabedor de su capacidad y liderazgo ante la adversidad. En su primer discurso a los británicos, dijo: No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor, pero al mismo tiempo les anticipó que en la guerra solo aceptaré la victoria, la victoria a toda costa.

Su mezcla de convicción, capacidad y liderazgo supieron conducir a Inglaterra hacia la victoria, no sin antes pasar momentos muy críticos, en los cuales la fuerza de el líder fue la que mantuvo unido y de pie al pueblo.

Superar cualquier crisis requiere de temple y otras cualidades que identifican a los líderes. Por supuesto que cuando se encuentra una Nación con el liderazgo negativo, el resultado es caótico, como también lo ha demostrado la historia, con nombres como Adolf Hitler, Stalin, Pinochet o Mao.

Guatemala no vive una guerra mundial, pero sí una profunda crisis institucional, en medio de un creciente ambiente de conflictividad social, corrupción, clima de desconfianza e incertidumbre y; sobre todo, con un rezago socioeconómico enorme. Todo esto, producto, en buena medida, de abusos y desmanes de la clase política que ha impedido que el país tome el rumbo de desarrollo integral adecuado.

Nuestro sistema de partidos políticos fomenta el caudillismo, mas no el buen liderazgo. Los carismáticos, autoritarios y con algún grado de capacidad, pueden escalar rápidamente, porque; además, se rodean de lambiscones que, a su vez, se aprovechan para lograr sus negocios y metas ambiciosas de poder.

Guatemala está ante una encrucijada. O cambiamos, o seguimos a la deriva. Hay corrientes que se contentan con un cambio de a poquito, aunque en realidad nunca llega; sin embargo, al menos permite la estabilidad del statu quo —lo que a muchos favorece, pero no al país—. Esa ha sido la inercia que nos ha llevado, no por una década pérdida, sino por varias. Se camina al ritmo de quienes lo aprovechan, pero en detrimento de las grandes mayorías y del país.

La cuestión es: En este momento, ¿hay un auténtico líder que nos pueda llevar por buen camino? El sentimiento generalizado es que no lo hay. Claro que vemos personalidades dominantes, unas más, otras menos —depende de los cargos más que de las aptitudes—, pero el problema es que no se ve que haya alguien que reúna cualidades de líder para unificar a grandes sectores sociales y marcar el rumbo a seguir con credibilidad y certeza.

El líder tiene que ser confiable —por trayectoria y principios que profesa—, comprometido, capaz de tomar decisiones y actuar, firme, valiente, transparente y congruente, entre otras cualidades.

Buenos oradores —los famosos pico de oro— los hemos tenido: Cerezo, Serrano, Arzú y Portillo. Simpáticos los ha habido, mas confiables, capaces, firmes, transparentes, y sobre todo, comprometidos con el país, han brillado por su ausencia.

Ahora mismo estamos viendo una disputa de liderazgo nacional entre el presidente Jimmy Morales y el presidente del Congreso, Mario Taracena. Ninguno ha tenido una trayectoria que los permita presentar como esos líderes ideales. Sin embargo, para el mandatario, con un pasado en el mundo de la comedia, debe ser difícil asumir su nuevo rol. No tiene tiempo que perder, o asume el liderazgo como corresponde, en la medida de sus posibilidades, o verá que el país se va por la deriva. Taracena debe concentrarse en lo único que puede alcanzar: jugar un papel medianamente destacado en el Congreso. Su pasado y sus capacidades no dan para más, por mucho que disfrute de cierto protagonismo.

No hay demasiadas esperanzas de que el panorama pueda cambiar sustancialmente. Ojalá que al menos, los liderazgos institucionales mantengan el buque a flote. Ojalá que comprendan esos líderes sectoriales que ya no pueden seguir apostando a la mediocridad y que hay que empezar a demandar el cambio de fondo que nada tiene que ver con la descabellada idea de un exaprendiz de dictador que pretende una refundación del Estado. Otro ejemplo de un liderazgo agotado, trasnochado y negativo.

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