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Jimmy Morales, una enorme responsabilidad

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El 14 de enero del 2016, Jimmy Morales se convertirá en el primer mandatario de la era democrática que no ha ocupado previamente ningún cargo público. Llega con el reto de demostrar que se puede gobernar y hacer política de una forma diferente a la que el país ha vivido desde 1986, una tarea que debe atender desde este momento de manera transparente para ganar la confianza de la población.

El resultado electoral, más que una victoria personal de Morales, ha sido la respuesta de un pueblo a una clase política que se ha alimentado durante tres décadas del saqueo al erario público y ha dejado como materia pendiente la atención eficiente de las necesidades más urgentes de los guatemaltecos.

La frase de Abraham Lincoln, diciendo que el Gobierno debe ser del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, ha estado muy lejos de nuestra realidad. Los gobernantes, y los partidos políticos que los han llevado al poder, han trabajado más por sus intereses personales o de grupo, que en la búsqueda de soluciones a los graves problemas del país, principalmente en el orden socioeconómico.

Político, se convirtió en sinónimo de oportunista. El enriquecimiento ilícito –además, notorio–, tráfico de influencias,  abuso del poder y poca eficiencia en la administración pública, han sido el común denominador que marcó sucesivamente a los Gobiernos desde que se restauró la democracia. Todos y cada uno de los presidentes, desde entonces, llegaron al cargo  con un pasado o con experiencia de haber ocupado cargos públicos. De poco sirvió eso.

Morales llega sin ese bagaje que antes se consideraba indispensable. Ahora se espera más de su inexperiencia política, partiendo precisamente de lo que antes vivimos. Sin embargo, el reto de hacer las cosas de manera diferente implica una enorme responsabilidad, porque de él depende, en gran medida, que los guatemaltecos recuperemos la confianza en los servidores públicos.

Para lograrlo, lo primero que se espera de él, es que actúe con absoluta transparencia, y ello implica demostrarlo desde la forma como  integre su equipo de trabajo. Puede buscar a las personas idóneas en distintos sectores, pero debe quedar claro que no pueden llegar a los cargos para defender intereses sectoriales o de grupo, sino trabajar por el bien de las mayorías.

No debe haber contubernios ni crear compromisos. El pueblo ha votado por alguien que no representa a la clase política, porque espera que actúe de una forma diferente. Es claro que el presidente electo no cuenta con un equipo humano suficiente para enfrentar los retos que el país tiene por delante, pero también es cierto que se debe buscar a los mejores hombres y mujeres que sean independientes de los intereses de grupo.

Alcanzar un alto nivel de transparencia en la etapa inicial será el mejor indicio de que se tomará el camino deseado más adelante.

No se crea que por no tener la etiqueta de político tradicional, las expectativas y exigencias de la población serán menores. El país tiene una presa de problemas mal atendidos. La pobreza y falta de oportunidades agobian, los índices de educación, salud e inseguridad son una vergüenza nacional, y la conflictividad social aprieta.  Todo eso demandará atención inmediata, no para que las soluciones broten por generación espontánea, sino para que se vean las intenciones y capacidad de la nueva administración. No habrá tiempo para errores.

Si a todo esto se suma que la situación fiscal es apremiante –un presupuesto desfinanciado y la cultura tributaria, por los suelos– y que el aparato burocrático responde tarde y mal, llegamos a la conclusión de que Morales debe prepararse, en el poco tiempo que le queda de aquí a enero, para hacer un buen gobierno y enfrentar cada reto particular con fuerza, convicción y capacidad.

Por ahora, el pueblo espera, pero no habrá demasiada paciencia. Lo importante –eso sí– es que nadie ignora que si a Morales le va bien en la Presidencia, al país le irá de la misma manera.

La hora de la clase política tradicional parece haber llegado a su fin. Ojalá que Jimmy Morales logre demostrar que su frase ni corrupto ni ladrón, era más que una eslogan publicitario.

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