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Editorial: Impuestos, malos mensajes

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Ya en el siglo XVIII, Benjamín Franklin sentenciaba que no hay nada tan cierto en el mundo como la muerte y los impuestos. Esto se ha vuelto una realidad palpable en la medida en que se han desarrollado las democracias y el sistema tributario se ha convertido no solo en el medio para que funcione el Estado, sino que también en la herramienta principal para atender las necesidades del pueblo.

Partiendo de esa realidad, es comprensible que la eficiencia o no de un gobierno dependa, en buena medida, de su capacidad para captar recursos por medio de los impuestos. Esto nadie lo puede negar, como tampoco se puede contradecir que Guatemala es uno de los países del continente con mayores rezagos socioeconómicos, situación que debiera obligarnos a tributar más para lograr una sociedad más equilibrada y justa.

Pero, por otro lado, lo que el pueblo desea, y es absolutamente comprensible, es saber cómo se está utilizando el dinero de esos impuestos. Los gobernantes tienen la obligación de actuar con transparencia y brindar toda la información necesaria para que quienes tributan tengan una respuesta ante esa natural inquietud.

En Guatemala estamos comprobando que, durante tres décadas, la élite política ha encontrado su botín en las arcas nacionales. Los casos de corrupción que se ventilan en tribunales son una muestra de la forma en que han saqueado los recursos del Estado. La falta de transparencia, la ineficiencia y poca información han sido el común denominador.

Por esa razón, la abrupta propuesta de reforma fiscal planteada por el presidente Jimmy Morales no solamente ha sorprendido, sino que también ha generado frustración y, por supuesto, malestar entre amplios sectores de la población.

Después de ocho meses de gestión, el mandatario ha sido incapaz de mostrar una política pública de anticorrupción. Si bien, hemos escuchado discursos, frases y algunas acciones aisladas a favor de una actitud honesta, en el fondo no se ha visto un cambio radical en la administración pública.

Esta reforma impositiva tiene algunos problemas significativos; pero, sobre todo, no se trata más que de buscar el aumento en los ingresos, sin plantear la necesidad de un programa fiscal integral, en donde se considere el incremento de los tributos; mas, al mismo tiempo, acompañado de acciones de transparencia y la debida información sobre la forma en que se utilizarán los recursos.

Se golpea fuertemente a la clase media, con impuestos directos —gasolina, cemento, ISR—; sin embargo, no hay certeza de que el dinero que se obtendrá será bien utilizado y de manera justa.

Se dice que el impuesto al combustible será para el mantenimiento y construcción de carreteras; no obstante, con el impuesto ya existente para ese fin, no se ha cumplido jamás con el adecuado mantenimiento de la red vial. ¿Quién garantiza que ahora sí sucederá?

Ningún analista aplaude la gestión del Gobierno, por su gran efectividad en estos primeros meses. No hay hechos que permitan suponer que estamos en presencia de una administración de gran capacidad. Todo lo contrario; más bien, parece que el dinero servirá para fortalecer los pactos colectivos y atender las demás necesidades de operación del Gobierno, mas que para lograr una eficiente inversión en temas como la educación, salud y seguridad.

Hay que recordar que haber develado tanta corrupción ha terminado de disminuir la poca cultura tributaria que empezaba a construirse. El presidente Morales, quién aseguró en campaña que antes de subir impuestos mejoraría el sistema y demostraría su eficiencia —dos cosas que no han ocurrido—, tenía —y tiene— la obligación primaria de demostrar que es merecedor de la confianza del pueblo. No es una excusa ante la reforma tributaria, pero sí es un llamado de atención para un mandatario sobre el cual giran demasiadas dudas.

Por último, es una lástima que ni siquiera se haya abierto para su discusión el tema, Son demasiados los malos mensajes que se están enviando, y no extrañe a nadie si el remedio termina siendo peor que la enfermedad.

Casa de citas

Peter Fenn

(1947)

Asesor político estadounidense

Un principio básico de una democracia sana es el diálogo abierto y la transparencia.

Si un gobierno se aparta o no fortalece estos principios, debilita la democracia. En el tema fiscal, la transparencia es indispensable y, para una reforma, el diálogo.

Carly Fiorina

(1954)

Filántropa y política de EE. UU.

Necesitamos más transparencia y rendición de cuentas en el gobierno, para que las personas sepan cómo se gasta su dinero.

Tras una racha de tres décadas de profunda corrupción, lo mínimo esperado, antes de incrementar impuestos, es rendir cuentas y asegurar la transparencia.

Giuseppe Mazzini

(1805-1872)

Político italiano

Las promesas son olvidadas por los políticos, nunca por el pueblo.

En campaña electoral, Jimmy Morales dijo que no habría nuevos impuestos… la promesa duró menos de ocho meses.

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