Editorial

Editorial: El Congreso tampoco aprende lecciones

LOGO CRONICAPlaza Mayor:  


Cada año, durante la discusión del Presupuesto de la Nación para el siguiente período, se escucha la queja permanente de que los recursos son insuficientes; los ministros solicitan incrementos y, en términos generales, se destaca que el país requiere de una mayor tributación para enfrentar los gigantescos retos socioeconómicos que siempre se ven postergados.

En este momento, ese debate ha principiado. El presidente Jimmy Morales pretende una reforma fiscal para incrementar en Q5 mil millones los ingresos tributarios para el período 2017, argumento que podría tener algún grado de validez, siempre y cuando existiera en el Ejecutivo y los demás organismos del Estado una política integral contra la corrupción y el despilfarro, al tiempo de mostrar eficiencia en el gasto público.

El 2015 trajo un despertar ciudadano cuando se comprobó con hechos que la corrupción se había convertido en un cáncer feroz en el país. También ha quedado al desnudo que la llamada clase política ha convertido los recursos del Estado en una fuente de saqueo para su enriquecimiento, y que, tristemente, la atención de las necesidades de la población sigue relegada ante los intereses personales o particulares. Con tanta corrupción, ningún presupuesto alcanza.

En el Ejecutivo no se evidencia ningún indicio que perfile la creación y funcionamiento de una política pública de transparencia. No han brotado gigantescos casos de corrupción, pero tampoco un cambio en el rumbo del Gobierno que sea lo suficientemente decisivo como para pensar que las cosas serán diferentes en el futuro de corto o mediano plazo.

Y ahora llama nuestra atención —y esperamos que también la de la opinión pública— la forma en que el Congreso de la República se maneja presupuestariamente. Este organismo —reflejo de la élite política— aprueba, sin opiniones externas ni discusión, su propio Presupuesto de Gastos.

Como ha sido público desde hace años, las contrataciones desmedidas de personal con salarios exagerados —prebendas políticas—, plazas fantasmas, compra de votos, asignaciones corruptas de obra pública y gastos innecesarios, sumado a una deficiente labor legislativa, se han convertido en el sello de una de las instituciones más desprestigiadas del Estado.

Al inicio de este año se aplaudió que, al menos, principiara un esfuerzo por transparentar lo relacionado a la contratación de personal y sus niveles salariales. Se llegó a pensar que podría tratarse de un cambio de fondo en la actitud del Organismo. Sin embargo, aquello parece ahora una acción aislada, más que un cambio en la actitud encaminado hacia construir una política de transparencia.

Las leyes se siguen aprobando con irregularidades y mala calidad en su estructuración. No se promovió un cambio, como la población requiere, para los partidos políticos y, lo peor de todo, se sigue con ese afán de dilapidar los recursos. Y todo a las puertas de la aprobación de nuevos impuestos y del Presupuesto del Estado y del propio Organismo Legislativo.

Mientras que se habla de falta de recursos del Estado, que siempre hace recordar la frase apretarse el cinturón, resulta que el Congreso habla de comprar edificios, lanzar un canal de televisión y se sigue gastando en otras cosas a manos llenas.

Los parlamentarios no entienden que el rechazo de la población a cualquier intento de incremento de salario y mayores gastos, obedece a la corrupción e ineficiencia que siempre han mostrado. Esta legislatura se muestra tan voraz como las anteriores y nada mejor en eficiencia legislativa, por más esfuerzos de mejorar la imagen que se hagan.

El primer paso que se espera es que demuestren bondades —eficiencia, transparencia, compromiso con el país—, y solamente entonces, se debiera hablar de algún tipo de inversiones verdaderamente necesarias. Si se aprueba un mayor presupuesto, ya se sabe el sitio al que estará destinado parte de ese dinero.


Casa de citas

Gilbert Keith Chesterton

(1874-1936)

Escritor británico.

El derroche no es poético, porque es destructor.

Una frase contundente que se aplica perfectamente a la administración de los recursos del Estado. Cuando se malgastan, provocan la destrucción o detienen el desarrollo.

José Mujica

Expresidente uruguayo

Si tenemos una vida de derroche y despilfarro, es una cuenta regresiva en contra del futuro de nuestra sociedad.

Una prueba más de lo importante que es para las instituciones administrar correctamente los bienes del Estado.

Nong Duc Manh

Político vietnamita

Debemos luchar contra la negatividad, especialmente la burocracia, la corrupción y el derroche.

El exceso de empleados públicos (Congreso), el saqueo del dinero del Estado (Congreso), y derroche de recursos (Congreso) son males contra los que hay que luchar.

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