Opinión

De pastor a partner

SerGUSTAVO LEIVAvir a la Vida por Gustavo Leiva


El otro día, cuando iba para mi oficina que queda en la zona 9, sin querer, leí una de esas frases que cierta gente linda pone como calcomanías motivadoras en el vidrio de atrás de  sus carros. La frase que leí decía así: Jehova es mi partner. Como este tipo de mensajes nunca antes los  había leído, y tenía las letras muy pequeñas, me sorprendió, pero me pareció que hacía mucho sentido: que, además de ser Dios, Jehova fuera mi socio—mi partner. Me entró la duda y, me dije, no, no lo creo. Creo que estoy leyendo mal. Para entonces el carro donde iba el letrero se había adelantado. Yo, en mis adentros, me conformé con nunca saber qué era lo que realmente estaba escrito. Pero, para mi buena fortuna, el semáforo que estaba en nuestro camino se puso en rojo. El carro se detuvo. Yo, todavía, no leía bien. Qué maravilla pensar que Dios fuera mi socio, me volví a repetir. Total, aceleré, me puse atrás y lo vi con toda claridad. Decía: Jehova es mi pastor. Yo había agarrado bruja. Cuando uno mira lo que uno quiere ver es algo normal y nos pasa a todos. Pero que uno lea lo que uno quiere leer eso ya es demasiado y no es algo que pasa todo el tiempo.

Como mi alegría seguía, tenía dos caminos. Uno, sería descartar mi ocurrencia como las miles de veces que me he equivocado, y, el otro,  aprovecharlo para darme ánimos y ver al día, y a lo que viniera, con esos ojos: como si Dios fuera mi socio.

Después de llegar al parqueo, me bajé y dejé que ese lindo sentimiento de ser socio de la divinidad me alentara. O sea que, en lugar de tomarlo como una equivocación, me animé y lo acepté como un buen mensaje que se había presentado en mi vida esa mañana.

Hace años que guardo en mi billetera la confesión que hizo una de las mentes más brillantes de este mundo. Se trata de Carl Gustav Jung, quien se opone a reducir la existencia humana a lo que somos como individuos, y crea toda una nueva corriente psicológica desde lo que somos como seres totales, incluyendo la necesidad que tenemos de completar nuestra vida como socios del Creador. Carl Gustav Jung lo dijo así: Llegué a tener una clara conciencia de mi destino, como que si mi vida hubiese sido asignada a mí por fe, y que lo que tenía que hacer era completarlo. Esto me dio una seguridad interna …frecuentemente tuve sentimientos que, en todas las  situaciones decisivas de mi vida, yo no estaba entre los hombres, sino solo, con Dios.

Ese es el tipo de partner y no de pastor, que yo había tenido en mi mente cuando leí la calcomanía. Alguien que, además de protegerte y cuidarte, que es parte de sus atributos divinos, también  se meta en tu día a día, y que, en momentos que falten recursos, o ánimos, y sea difícil mantenerte dentro del lado del bien, se ponga cerca de uno y le ayude a  cruzar las grandes aguas.

En mi caso, como se lo dije a alguien a quien le tengo mucho cariño y me siento como si fuera su padre, la relación con Dios es una necesidad. Solamente ocurre y es real si la sentimos. Es como la necesidad de comprender que somos parte de las estrellas. Él viene a nosotros,  camina a nuestro lado, y se van abriendo  las puertas más increíbles que jamás habríamos pensado que nos dejarían pasar al otro lado de la conciencia,  donde, es el espíritu, el que camina por la vida.

Es muy difícil ver en los cielos, y en los astros, a nuestros socios o a nuestros pastores. Estas noches he estado siguiendo los movimientos de Júpiter, de  la Luna, Marte y Saturno, un poco antes de la medianoche. Pero los griegos y los romanos sí los vieron así. Y yo me pregunto, por qué ellos sí, y nosotros, ahora con tanta tecnología, no vamos más allá de ver unas cuantas lucesitas pegadas en el cielo.

Entonces hice este experimento que les recomiendo a todos: si uno quiere sentirse que es parte de las estrellas, tiene que desafiar a las leyes de la gravedad del pensamiento fragmentado, y en lugar de ver al cielo desde mis zapatos, tengo que verme, a mí y a todo lo que me rodea, desde esa eternidad viva que es el universo. Ahí estamos con Dios. ¿Lo sienten?

Y yo me pregunto, por qué ellos sí, y nosotros, ahora con tanta tecnología, no vamos más allá de ver unas cuantas lucesitas pegadas en el cielo.

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