Cultural

Historia: El día de la Rebelión de los Cadetes

A mediados de 1954, Guatemala vivía momentos políticos convulsos tras el derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz el 27 de junio. El coronel Carlos Castillo Armas tomó el poder por medio del llamado Ejército de Liberación Nacional, y en el país se agudizaba la confrontación ideológica. Acontecimientos que golpearon la dignidad de los cadetes de la Escuela Politécnica derivaron en un alzamiento el 2 de agosto.

Cadete-sargento René Santizo Corado: Mi sargento, atacaremos a la Liberación.  Ustedes se graduarán en un mes, por eso no queremos perjudicarlos, no sabemos como terminará esto.
Cadete-sargento Jorge Luis Araneda: ¿Llevará la compañía la bandera? –Sí, mi sargento, (fue la respuesta). Yo soy el abanderado, sargento Santizo, a donde va la compañía, va la bandera y a donde va la bandera, voy yo.

Era la madrugada del 2 de agosto de 1954, esa escena tuvo lugar en el interior de la Escuela Politécnica, situada en la avenida La Reforma, en donde un grupo de cadetes se mostraba indignado por las situaciones que se habían creado tras el triunfo de la llamada Liberación, una fuerza militar que se había formado con mercenarios y con el apoyo de la CIA estadounidense, había forzado la renuncia del presidente Jacobo Árbenz Guzmán, y llevado al poder al coronel Carlos Castillo Armas, para ese entonces con el cargo de comandante general del Ejército de Liberación Nacional.

El momento que se vivía en Guatemala era complicado. El 18 de junio el Ejército de Liberación había cruzado la frontera con apoyo aéreo de la CIA. Su avance fue rápido, pero el presidente Árbenz apelaba a la población para repeler a los alzados. El Ejército respondió parcialmente y obtuvo algunas victorias, pero no mostraba cohesión total en defensa del Gobierno Revolucionario.

El gobernante guatemalteco había intentado superar la crisis con el gobierno de Estados Unidos, e incluso había solicitado una reunión urgente con el presidente Dwight Eisenhower, pero al comprobar el rechazo de Washington, sabía que sus opositores contarían con el apoyo estadounidense.

El discurso de una lucha anticomunista subió de tono. Árbenz sorprendió con su renuncia el 27 de junio, y el 3 de julio ingresan las fuerzas liberacionistas a la capital, y Castillo Armas asume el poder en medio del ambiente de agitación y persecución contra el comunismo.

Dignidad golpeada

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Los cadetes de la Escuela Politécnica se formaban bajo los principios de honor, lealtad, dignidad militar y soberanía. Aquellos jóvenes, que no superaban los 17 años en su mayoría, los tenían muy claros. Según los testimonios que recogen la mayoría de reseñas históricas de aquel momento, no había en ellos un sentimiento político ni ideológico.

Sí hubo un antecedente importante, que no cambia esta perspectiva, pero pone en relieve el valor y dignidad de los cadetes. Cuando las tropas liberacionistas atacaron Chiquimula y Zacapa, el batallón de cadetes se reunió con el director de la Escuela, el coronel Ernesto Paiz Novales, al que se le dijo lo siguiente: Solicitamos del alto mando autorización para que seamos enviados al frente a combatir la invasión. El propio presidente Árbenz rechazó esa posibilidad, porque no les quiso poner en riesgo.

Y es entonces cuando principian a sucederse una serie de acontecimientos que aumentan la indignación de los caballeros cadetes. El nombramiento como nuevo Director de la Escuela Politécnica del mayor Jorge Medina Corado, provoca malestar entre los cadetes, porque se le veía como un oficial aliado de las fuerzas que consideraban invasoras, aunque para entonces se veían como un ejército paralelo con poder.

Luego hay tres situaciones que definieron el alzamiento de los cadetes contra las fuerzas liberacionistas el 2 de agosto:

Un grupo de siete cadetes va en su día franco –descanso–, a un burdel, en donde  encuentran a un grupo de liberacionistas, entre ellos un excadete que sufrió baja y para entonces era teniente del ejército liberacionista. Se enfrentan los dos grupos. Los cadetes se imponen, pero al poco rato los liberacionistas vuelven con más miembros y los cadetes son humillados y obligados a salir. Uno de ellos, Benedicto Lucas García, es intimidado al ponerle una pistola en la cabeza. Al enterarse las autoridades de la Escuela Politécnica, se les castiga por no haberse defendido con dignidad.

El día del arribo de Castillo Armas a la capital en la base de la Fuerza Aérea, se obliga a la compañía de caballeros cadetes a que rindan honores a quien había sido director de la Escuela, pero también combatió contra el Ejército.

El 1 de agosto tuvieron que asistir a una ceremonia que se calificaba por los cadetes como indignante, porque se trataba de un desfile para agradecer y reconocer el triunfo de la liberación. A su paso por las calles, algunas personas les gritaban huecos y otras cosas. Un punto destacado en el acto era que un militar del Ejército debía abrazar a un liberacionista.

En entrevistas de prensa, el coronel Francisco Gordillo, cadete en aquel momento, ha explicado que éramos unos patojos que no teníamos en cuenta las implicaciones políticas ni ideológicas, lo que confirma que se trató de un movimiento de dignidad por lo que se estaba viviendo en aquellos momentos.

Con todo aquel malestar, seis cadetes de la Promoción 52 (la de cuarto año) se dieron a la tarea de analizar la situación. Eran el sargento Santizo Corado, los cabos Francisco Barzanallana, Oscar Morales, Carlos Anderson Lima, Ricardo Cobar y Herbert Frener. Ellos pensaban en un ataque contra residencias de jefes militares, pero el desfile del 1 de agosto precipitó y cambió los planes originales.

Es ahora o nunca, dijo el sargento Santizo, y pusieron en marcha un nuevo plan. Esa madrugada, a la 1:30 horas, irrumpieron en las habitaciones del Director y Sub director de la Escuela y los capturaron. Eran cerca de 230 cadetes que se movían con rapidez para ejecutar lo que luego sorprendería a todo el país.

El sargento Araneda era parte de la que sería la promoción 53, a la que se había excluido para evitarles problemas por su inminente graduación. Sin embargo, él se sumó inmediatamente al movimiento.

El objetivo, se explicó a los alzados, era el ejército de 1550 liberacionistas que estaban alojados en el Hospital Roosevelt.

Santizo, al hablar frente a los cadetes, poco antes de iniciar el ataque a las fuerzas de Castillo Armas, dijo lo siguiente (Recogido de textos escritos años después por algunos cadetes.):

Durante casi tres meses hemos sido testigos de actos y actitudes que hieren profundamente el espíritu militar de la compañía. Nuestra patria ha sido invadida y nuestra institución militar humillada. No podemos quedar al margen al ver mancillado el honor y la dignidad de nuestra institución. Si nuestros superiores solo han dado muestras de cobardía y traición, nosotros lavaremos con nuestra propia sangre la afrenta recibida.

Fue el cadete Ricardo Méndez Ruiz el primero en abrir fuego contra los liberacionistas. Un desigual combate dio inicio. El sargento Araneda cayó abatido. Los jóvenes cadetes recibieron apoyo de algunas bases militares y lograron la rendición de las fuerzas liberacionistas. Luego, una delegación se trasladó a negociar con Castillo Armas.

Se llegó a un pacto con la mediación de monseñor Mariano Rossel y Arellano, pacto que luego incumplió el líder liberacionista, con represión y expulsión de varios de los cadentes que se alzaron en lucha por la dignidad.

 

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