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Francisco Marroquín: Un visionario primer obispo

¿Qué cosa buena no hizo?, ¿qué cosa buena no amó?, ¿qué ilustre, qué nobleza de la muy Noble Ciudad de Guatemala no se debe a su ilustrísima? Así se refiere al obispo Francisco Marroquín el cronista fray Francisco Vásquez, quien reconoce en su obra la labor del primer obispo de Guatemala.

Redacción de Crónica Cultura

Alrededor del año 1499 —no se puede establecer la fecha precisa— nace en Toranzo, en la provincia española de Santander, Francisco Marroquín Hurtado, quién años después viajaría a Nueva España, hoy México, en donde colaboró estrechamente con el obispo Juan Manuel de Zumárraga, antes de trasladarse hacia Guatemala, país en el que se convirtió en el primer obispo y dejó profunda huella religiosa, social y política.

Antes de ser ordenado como sacerdote fue casado y tuvo un hijo de nombre Alfonso, de quien hay pocas referencias. Carmelo Sáenz de Santamaría S. J. dice en su obra, El licenciado Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala, lo siguiente:

Marroquín no habla de sus padres; solo dice que salió de su compañía antes de poder aprender las costumbres tradicionales de Castilla. Tenía una hermana a la que siempre quiso. No nos dejó su nombre. Hermano suyo era Bartolomé Marroquín, que recaló por Guatemala hacia el año 1534. Dejó buen recuerdo en Guatemala y vivió largas temporadas con su hermano.

El mismo Santamaría asegura que acerca de él, no cabe duda razonable sobre la autenticidad de sus estudios universitarios: Marroquín fue siempre el licenciado Marroquín.

En 1527 recibe la invitación a sumarse al cuerpo de acompañantes de quienes serán los primeros obispos de la Nueva España, el propio Zumárraga y Vasco de Quiroa, obispo de Michoacán, religiosos con los que mantuvo estrecha relación, aun después de ser enviado hacia el Reino de Guatemala para participar en la labor evangelizadora de la Iglesia católica en América.

Desde su llegada a la Nueva España es más fácil rastrear la labor y vida de Marroquín, quien forma parte de la delegación que acompaña al conquistador Pedro de Alvarado, en mayo de 1530, en calidad de predicador, tal como lo presenta ante el ayuntamiento de la época. Dos años más tarde, en 1532, recibe también los cargos de juez eclesiástico y cura in solidum de la iglesia de Santiago de los Caballeros.

Los nombramientos se siguieron acumulando, y en 1533, la Corona de España le nombra Protector de Indios y encargado del hierro con el que se marcaba a los esclavos, lo que hace que con el tiempo se convierta en realidad en un defensor de los derechos de los indígenas.

Es entonces cuando llaga el momento. En 1534, el Papa Paulo III le escoge para que se convierta en Obispo de Santiago de los Caballeros de Guatemala y se convierta así en el primer obispo de la Capitanía General de Guatemala. Aunque no es sino hasta el 7 de abril de 1537 cuando el obispo Zumárraga le consagra en México, Francisco Marroquín principia su labor pastoral, social y política de inmediato, propiciando, entre otras cosas, la llegada de órdenes religiosas al país, entre ellas las de los mercedarios, los dominicos y los franciscanos, que llegarían a tener roles protagónicos durante la época de la Colonia.

Sus pasos

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Hay que tener presente que Pedro de Alvarado le invita a formar parte de su comitiva. Él llega apenas tres años después de que la capital se había fundado en el valle de Almolonga, en lo que hoy se conoce como Ciudad Vieja. Es un momento en el que principian a crearse las instituciones de la colonia que luego marcaron al país.

Los historiadores y estudiosos de la vida de Marroquín han encontrado una riqueza en las cartas —que aún existen—, que enviaba a Zumárraga, al Rey Carlos V, y al Vaticano, incluyendo al Pontífice.

Es por eso que se puede documentar la obra que llevó a cabo en su estadía en Guatemala, que llegó a convertirse en su segunda Patria, puesto que ya nunca más volvió a España, como bien cita la escritora Siang Aguado de Seidner, en su ensayo El Obispo Francisco Marroquín, un espíritu liberal: Marroquín vio, por lo tanto, nacer a Guatemala y la quería con la misma ternura como se quiere a una hija; por eso, si la madre era España, la hija fue lo que más le preocupó a lo largo de su vida.

También tuvo un rol político, sobre todo, cuando en 1541, tras la destrucción de la ciudad asentada en Almolonga, el Ayuntamiento le llama para nombrarlo, junto a Francisco de la Cueva, como Gobernador. Estuvo en ese cargo hasta el año 1542, cuando la crisis estaba superada.

Una de sus primeras tareas, cuando la ciudad se estableció en el Valle de Panchoy, fue la de la construcción de la Catedral, que con el tiempo alcanzó el título de Catedral Primada de Santiago de los Caballeros. Siempre en el plano pastoral, también se destacó su esfuerzo por imprimir un catecismo en cakchiquel, y sus cartas son, asimismo, un reflejo de su visión sobre la labor de evangelización que tan necesaria consideraba para los indios.

Tomó a conciencia el nombramiento de Protector de los indios, lo que le llevó a realizar grandes esfuerzos ante las autoridades superiores —Nuevo México y la Corona directamente—, ante las que clamó por el absoluto respeto a los derechos de los indígenas y, sobre todo, se convirtió en un opositor de la esclavitud hasta ser uno de los artífices de su abolición.

Otra cita importante en el documento de Santamaría nos coloca este tema en perspectiva:

Marroquín fue desde entonces decidido impugnador de la esclavitud legal de

los indios; aunque a veces opinara que con los poseedores de buena fe cabía cierta comprensión y tolerancia, con tal que se prohibiera definitivamente el tráfico […].

Marroquín creía urgente una revisión total de los tributos que los indios pagaban. Había que tasarlos, y para ello había que recorrer el país de punta a cabo y examinar cada caso las posibilidades de cada grupo indígena. Marroquín no fue prelado de palacio […].

Así fue como influyó para que la Corona española creara los cabildos, y pidió, también, que se reconociera que las Encomiendas fueran a perpetuidad, esto para lograr que los españoles que venían al Nuevo Continente sintieran verdadero arraigo por estas tierras.

Aguado de Seider destaca en su escrito: Marroquín se convirtió en un vigilante por la educación de los niños y de los analfabetos y organizó una escuela de primeras letras y aseguró el primer hospital, no solo para enfermos, tanto españoles como indígenas, sino para todos los transeúntes que pasaran por Guatemala.

Según la estudiosa, la mente de Marroquín siempre está puesta en el complejo presente-futuro. No piensa solo en el ahora, sino en el futuro inmediato y en el futuro lejano.

Dentro de esa actitud y visión suya es que se puede entender su insistencia ante las más altas autoridades de la Corona, pidiendo que el país tuviera un centro de enseñanza superior. Por eso, mucho antes de que se fundaran en 1551 las universidades de Lima y México, las primeras de América, él luchaba desde 1548 por lograr esto.

No fue sino hasta un siglo después, en 1676, que el Rey Carlos II otorga la cédula para la creación de la Universidad de San Carlos de Guatemala, que se convierte en la tercer universidad en el Nuevo Mundo.

Fray Bartolomé de las Casas fue también un sostén y apoyo al proceso de evangelización que impulsó para la Vera Paz, que encontró en él el respaldo político y religioso para su labor, rodeada siempre del afán por defender y proteger a los indígenas.

Su cartas constituyen hoy en día el mejor testimonio de un obispo que trajo una visión diferente en una época en la que muchos españoles únicamente llegaban para buscar riqueza y poder. Él vino para convertirse en parte de una sociedad diferente en la que él mismo se incluyó, y en la que debían convivir, los naturales indígenas, los criollos y mestizos y los españoles. La huella que dejó persiste, al extremo de que su nombre lo lleva una de las universidades más importantes del país.

Este es el escudo del obispo Francisco Marroquín.

Para el obispo Francisco Marroquín, Guatemala fue su “hija”.

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