Cultura

Camino a la independencia (I): Brotes de agitación por libertad

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, Europa se vio agitada desde Francia por dos grandes acontecimientos: la Revolución Francesa, con sus vientos de libertad, y el Imperio Napoleónico, que alteró las estructuras de poder del Viejo Continente. Los efectos en América fueron los procesos independentistas, ante una España que perdía el poder hegemónico. En el Reino de Guatemala no hubo explosiones, pero sí agitaciones.


Estados Unidos, de la mano de George Washington, da el primer grito de emancipación en América (1776). Europa entra en un proceso de grandes cambios militares, políticos y sociales, los cuáles tendrían grandes repercusiones en nuestro continente, conquistado por tres grandes potencias de la época: España, Inglaterra y Portugal.

El Reino de Guatemala —como se le conocía—, tenía categoría de Capitanía General, y comprendía un territorio de aproximadamente 530 mil kilómetros cuadrados, con una población que no alcazaba los dos millones de habitantes, en su mayoría indígenas, pero muchos mestizos y criollos españoles, con una pequeña comunidad de peninsulares.

En México sucede el Grito de Dolores el 16 de septiembre de 1810, y una guerra para lograr la independencia se inicia de inmediato, pero también hay levantamientos armados por libertad en Venezuela, Chile y La Nueva Granada (Colombia). Aquí, en cambio, transcurren las primeras dos décadas del siglo XIX con apenas algunas rebeliones de grupos pequeños y dos conspiraciones sin consecuencias trascendentales.

La más trascendental

Entre 1811 y 1818, Guatemala tuvo como Capitán General al comandante José Bustamante y Guerra, quien se caracterizó por su dureza y una activa vigilancia a la que sometía a la población en general y, particularmente, a los grupos que consideraba que podían oponerse al Reino.

Entre los movimientos independentistas más trascendentales cabe destacar laConjura –o Conspiración– de Belén, que tuvo lugar entre octubre y diciembre de 1813, descubierta antes de alcanzar algún logro y que concluyó con la captura de los implicados –tres de ellos frailes–, quienes fueron llevados a juicio y condenados.

En un documento guardado en el Archivo General de Centro América, se puede leer la causa que se les siguió a quienes se reunían periódicamente para promover un movimiento independentista. En ese documento, el fiscal togado que se encargó de la acusación, presentó sus conclusiones. En una parte del documento se lee lo siguiente:

… Y no pudiendo dudarse de que las reuniones celebradas por los conjurados para establecer la independencia en Guatemala, terminaban a una verdadera sedición popular, cuyo objeto primario al propio tiempo que era el establecimiento de la independencia, y negar a S. M. la fidelidad y obediencia jurada, también se extendía a poner en ejecución todo los medios de realizar este plan; despojando de su autoridad al Capitán General y a otros; apoderarse de las armas, de los fondos públicos y particulares; expeler a los Europeos, y en una palabra, trastornar el orden y atacar la tranquilidad y seguridad pública; de aquí se deduce que los acusados deben ser juzgados por aquellas autoridades que las leyes designan.

El proceso concluyó con la sentencia de muerte para 15 de los conspiradores, entre ellos José Francisco Barrundia, quien años después firmaría el Acta de la Independencia y más tarde sería presidente de la Federación Centroamericana. La sentencia de muerte se modificó posteriormente, y la mayoría de los acusados recobraron su libertad en 1819, cuando Bustamante había sido sustituido por Carlos de Urrutia y Montoya.

El que no corrió con esa suerte fue el indígena q’eqchi’, Manuel Tot, quien murió torturado en la cárcel de la Capitanía General de Guatemala. Hasta la fecha, Tot es considerado como un mártir de la Independencia.

Otras conspiraciones

La inquietud independentista y el malestar hacia las actitudes tiránicas de Bustamante se perciben en todo el Reino de Guatemala. Antes de los acontecimientos de Belén, el 11 de noviembre de 1811, tiene lugar un motín en la rica provincia de El Salvador.

Resulta que el cura José Matías Delgado –quien más tarde fuera el presidente de laAsamblea Constituyente de las Provincias Unidas de Centro América– encabeza un movimiento que en su momento pareció agresivo. Junto a otros personajes, entre ellos Manuel José Arce y Manuel Rodríguez, se apoderaron de las autoridades españolas, penetraron al parque de armas y se adueñaron tres mil fusiles y municiones. También se apropiaron parte del dinero, doscientos mil pesos acuñados, que servirían para apoyar a una Junta de Gobierno surgida de ellos mismos.

El llamado que hicieron para obtener adhesiones a su causa fue aplacado por una respuesta que se movía desde la Capitanía General, y la réplica que se lograba desde los púlpitos. La iglesia católica tuvo fuerte influencia para evitar que el movimiento creciera. Bustamante envía a un grupo de mediadores, pero con suficiente fuerza militar como para obligar a los rebeldes a deponer su actitud.

El grupo de alzados, sin respaldo popular, se rinde, y son arrestados Manuel José Arce y Matías Delgado.

Otro acto de rebeldía surge en León, Nicaragua, una ciudad culta y religiosa. Es un sacerdote guatemalteco, Benito Miguelena –enemigo de los clérigos españoles– se levanta casi en solitario, pero pronto su causa cobra fuerza, al extremo de lograr que el corregidor –intendente, José de Salvador– se viera obligado a renunciar. Esto ocurre el 13 de diciembre de 1811.

Pero la situación parece encenderse prontamente, porque el 22 de diciembre Granada se levanta también en armas y se habla de una emancipación de la corona española. Esta insurrección se prolongó durante los primeros meses de 1812.

Desde Tegucigalpa, Bustamante envía tropas y se traban feroces combates, hasta que los alzados se ven obligados a negociar una tregua. El obispo Nicolás García Jerez, quien además tenía el cargo de Gobernador, ordena la captura de los cabecillas, a quienes amenaza con fusilar, aunque luego solamente los deja en la cárcel.

Como puede verse, mientras que en otras latitudes se libraban batallas verdaderas, en el Reino de Guatemala no se pasó de importantes escaramuzas, que fueron controladas con relativa facilidad, porque nunca alcanzaron la fuerza militar suficiente y el apoyo popular tampoco llegó a los niveles esperados.

El gobernador Bustamante recomendó –sin obtener respuesta–, que la Corona Española repartiese tierras a mulatos e indígenas, con el fin demagógico de aplacar en las masas cualquier idea independentista. Nunca tuvo respuesta y fue destituido de su cargo en 1817, por lo que ya no se encuentra en Guatemala cuando se produce la independencia formal de España.

La historia patria

Este es el primero de una serie de reportes históricos que Crónica publicará durante el mes de septiembre, sobre la independencia de Guatemala y los acontecimientos previos y posteriores que marcaron nuestra historia.

Estos trabajos abarcarán los acontecimientos del 15 de septiembre de 1821, con sus personajes y consecuencias, así como lo sucedido posteriormente, cuando Guatemala se anexó a México, con el consecuente malestar de algunas provincias centroamericanas.

Finalmente veremos la creación y desmoronamiento de la Federación de Repúblicas Centroamericanas.

 Septiembre de 1821 en el Reino de Guatemala

Gabino Gainza se inclinaba a favor de la anexión a México

Luego de los brotes y agitaciones independentistas que sucedieron en El Salvador (1811), Granada, Nicaragua (1812) y Guatemala (1813) –la Conspiración de Belén–, el ambiente de emancipación se fue desarrollando hasta alcanzar en septiembre de 1821 su madurez en la Capitanía General.


Desde febrero de 1821, cuando en Méxi­co Agustín de Iturbide suscribe el Plan de Iguala, que anticipa la independencia del vecino país, la inquietud, agitación y polémica se intensifican en el Reino de Guatemala, en donde el tema se debate entre corrientes políticas –los Cacos y los Bacos– que discrepan sobre la forma y el momento de una emancipación de la Corona española.

En ese entonces, el rey Fernando VII fue obligado a jurar respeto a la Consti­tución y apenas si puede superar impor­tantes sublevaciones militares en la pe­nínsula, lo que debilita la influencia en las colonias de América, la mayoría de ellas invadidas por los aires independen­tistas.

Para agosto, recordemos que Iturbide ha movilizado a sus tropas bajo el man­do deVicente Filísola, lo que atemoriza a los ayuntamientos de la vecina provincia de Las Chiapas –que era parte integral del Reino de Guatemala–, que pronto hablan y declaran el 1.o de septiembre, su independencia de España, pero también de la Capitanía General, en donde no se hace, siquiera, un leve intento por man­tener la integridad del territorio.

Un mes de polémica

En la Capitanía General se observan con inquietud los sucesos de la vecindad mexi­cana, pero el ambiente que priva es más de intereses particulares; se discute entre crio­llos y mestizos, así como por blancos y es­pañoles, bajo el débil mando de donCarlos Urrutia y Montoya, quien había sucedido en el cargo de Capitán General al despótico José de Bustamante y Guerra.

Los diferentes puntos de vista, divergen­tes entonces, se pueden apreciar en los dos periódicos que circulaban en Guatemala: el Editor Constitucional, de línea independen­tista, editado por Pedro Molina, quien era también vocero del partido conocido como los Cacos. El otro medio –ambos semana­les–, el Amigo de la Patria, era editado por José Cecilio del Valle, opositor a la indepen­dencia y punta de lanza del partido conoci­do como los Bacos. (Ver en Crónica.gt: http://cronica.gt/cultural/cacos-y-bacos-los-primeros-partidos-politicos/).

Cuando se conoce lo ocurrido en Chiapas, el suceso provoca gran exaltación e inquie­tud en Guatemala, reflejada únicamente en las discusiones públicas y privadas, pero sin repercusión social. Se siente que la indepen­dencia toca a la puerta de la capital, aunque muchos no dan crédito a la noticia, hasta que las actas firmadas por todos los ayunta­mientos de aquella provincia llegan a la Ca­pitanía General. El historiador, Arturo Val­dés Oliva, en su obra Caminos y luchas por la independencia.

(Lea mañana: El día de la Independencia)

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