Opinión

José Alfredo Calderón: El costo de despreciar la política…

José Alfredo Calderón

Estamos pagando caro el desprecio a la política. Ser gobernados por los peores es apenas el síntoma de una tragedia mayor… Ni siquiera en los gobiernos de la larga dictadura militar de 1954 a 1985 tuvimos una administración pública tan atravesada por la estulticia, la incapacidad, el cinismo y la más descarada corrupción.   Aunque la elite militar nunca se distinguió por sus luces, las excepciones que siempre confirman la regla, permitieron que subsistieran cuadros técnicos lúcidos que, aunque no fueran mayoría, tenían un gran peso en el balance de los cuadros burocráticos y lograban incidir en las correcciones técnicas que correspondieran.  Algo tenían claro los milicos: una vez que se cumplieran los objetivos estratégicos contrainsurgentes, la cosa pública debía caminar con directrices técnico-científicas que permitieran una adecuada administración de la economía y las finanzas, así como otros temas capitales para las élites económicas.

Ya en la era civil y de apertura democrática[1], aún en el desastroso gobierno del Frente Republicano Guatemalteco –FRG–, muchos cuadros técnicos permanecieron y las directrices generales guardaron siempre algún grado de coherencia. 

Incluso en los binomios presidenciales, siempre se tuvo el cuidado de balancear las competencias. Si el presidente no tenía las capacidades intelectivas mínimas, se tenía el cuidado de nombrar un vicepresidente inteligente y capaz que nivelara el déficit.  Son ya famosos los casos del general Fernando Romeo Lucas García y el doctor Francisco Villagrán Kramer o de Oscar Berger Perdomo y el Dr. Eduardo Stein Barillas. Pero lo que se tiene ahora, es un chiste de mal gusto, un ejemplo tropical de cachimbirismo de la peor cuña. Se han perdido todas las formas y el sentido común y, por si fuera poco, la exposición de la vulgaridad ha tomado carices de tragedia.

Pero todo esto no fuera posible sin los dos factores que le permiten viabilidad al cuadro que se comenta.

  1. Por un lado, la Pirámide de Abraham Maslow[2] nos evidencia en forma implacable, que mientras no resolvemos nuestras necesidades primarias, no es posible resolver necesidades de más alto rango (como la política, las artes, la ciencia, etc.).  Los vergonzosos niveles de miseria en Guatemala, provocan que las grandes mayorías, vean reducida su atención a las cosas más básicas: Contar con vivienda, trabajo y alimentación mínima, aunque sea en condiciones precarias, así como, evitar ser víctima de la violencia.
  2. Por otro lado, el desprecio por la política y el acomodamiento de quienes lograron satisfacer –al menos  los tres primeros niveles de la pirámide (la  clase media).

La historia nos demuestra que las élites intelectuales son las generadoras del cambio, y que estas, rara vez pertenecen a los extremos verticales de la estructura social y económica.  La razón es muy sencilla: a la clase alta no le interesa cambiar un estado de situación que los privilegia, aunque algunos lo reconozcan y traten de expiar sus culpas mediante la caridad. A quienes están en la base de la pirámide, sus necesidades primarias no satisfechas les impiden pensar en cosas que les parecen tan etéreas (y asquerosas) como la política.

A las masas, la política les parece despreciable, pero, además, no la vinculan en forma directa con sus problemas ni necesidades, mucho menos con su futuro.  Por supuesto que esta situación es inducida y trataré de explicarlo breve pero sustancialmente.

Esconder los problemas y sus causas y/o tergiversarlos, es una función básica del sistema, para que el oprimido no tome conciencia de que su situación es provocada y en ningún momento, causa del destino o del designio divino. Para el efecto, el Poder Económico diseña e implementa una serie de aparatos ideológicos que van desde lo más macro: El derecho, la educación, la religión, las instituciones, los imaginarios sociales; hasta lo más micro, constituido por una serie de mecanismos que tienen que ver más con lo simbólico que con lo material.

Históricamente, las élites del reino de Quauhtemallan[3] primero, de las Provincias Unidas de Centroamérica después y de la República de Guatemala a partir del 21 de marzo de 1847, siempre tuvieron a su cargo el ejercicio de la administración pública y la política.  Con el tiempo, se dieron cuenta que lo suyo era acumular capital y que debían dejar algunas tareas en manos de familiares y adláteres.

Finalmente, el Poder Económico construye la llamada “Clase Política”, la cual se encargaría de concretar sus planes sin que ellos tuvieran exposición pública y desatendieran fines más importantes relacionados con su condición de privilegio. Inicialmente empleados directos, este segmento fue acumulando cierto nivel de “rebeldía”, pues pronto se percataron de las posibilidades de enriquecimiento que ellos podían hacer en forma directa, sin depender de sus iniciales padrinos y patrocinadores.  Situación parecida se dio con las élites militares, quienes, de una situación de subalternidad total, pasaron a formar parte de un estrato especial privilegiado.  La victoria militar en la guerra interna les daba –según ellos–, las credenciales para reclamar esa posición elitista.

Mientras tanto, la eliminación y/o exilio de los cuadros intelectuales contestatarios, despejó el camino para que esa “clase política” entronizara sus cacicazgos.  

Con la firma de la Paz, salen a luz los productos estratégicos de la política contrainsurgente, que iban más allá de lo militar. Una población empobrecida, mediatizada por su propia condición, una clase media acomodada o temerosa y la construcción de un nuevo enemigo interno más allá del comunismo: el terrorismo. 

Los cuadros profesionales, académicos e intelectuales que podrían haber sido el relevo generacional político, compraron el discurso de que la política es sucia[4] y, por tanto, “la gente decente” no se mete.  El resultado: un cuadro de vergüenza nacional apenas comparable con algunos regímenes del África Subsahariana.

PD: Al momento de finalizar estas líneas, la Corte de Constitucionalidad ha dado la pauta para enmendar las actuaciones espurias del gobierno y tocará a la incidente   –aunque minoritaria– reserva moral de la Sociedad Civil, plantar cara ante las intenciones demenciales del gobierno ya devenido en fáctico.

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social


[1] No era democrática como le llaman muchos.  Apertura Democrática y Democracia son conceptos distintos.

[2] El psicólogo Abraham Maslow planteó -mediante su famosa pirámide-, la jerarquía (prioridad) de las necesidades humanas.  Describió cinco niveles, colocando en la base, las necesidades más básicas: Fisiológicas para el primer nivel, de seguridad para el segundo y de afiliación para el tercer peldaño, dejando aquellas menos básicas y de trascendencia para los dos últimos niveles de la cúspide (reconocimiento y autorrealización).

[3] Tierra de abundantes florestas.  Nombre que los indígenas mexicanos que acompañaban a Pedro de Alvarado dieron a Iximché la primera capital kaqchikel del Reino.

[4] No decimos lo contrario, pero debe acotarse las condiciones contextuales en las que se desarrolla y consolida en Guatemala.

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