Opinión

La sufrida escogencia en la democrash[1]

José Alfredo Calderón

Ya mucho se ha hablado de que las elecciones no resuelven nada y que los cambios efectuados a la Ley Electoral y de Partidos Políticos no tocan la estructura del sistema político guatemalteco. Pero eso parece importarle poco a la mayoría, hecho que se refrendará con la asistencia masiva de votantes el año entrante.

Las encuestas pasadas y las recientes arrojan siempre el mismo resultado: la gran mayoría de la población rechaza a los partidos políticos y tiene una pésima imagen y opinión de los que se dedican a la política. Sin embargo, llegado el momento de “Las Alegres”, millones ejercen el sufragio. Poco importa también que el número de inscritos que no vota sea el mayoritario porque ese dato no cuenta; solo se toma el universo de votos efectivos. Por cierto que habría que investigar con datos duros, cuánta de esa abstención es consciente, pues tengo la impresión que pesan más otros factores como la falta de facilidades para llegar a los centros de votación, problemas con el DPI y un hastío que responde más a una situación fáctica que a una toma de decisión ética y política: simplemente las elecciones no le resuelven nada a quien menos tiene, al más vulnerable y para colmo, vulnerabilizado por un sistema que discrimina y ningunea según el tono de piel, el color de los ojos y el cabello, así como lugar de procedencia, pertenencia étnica, condición de mujer, ancianidad, discapacidad, preferencia sexual y un largo etcétera.

Normalmente he mantenido la posición ética y política de promover la abstinencia consciente o el voto nulo[2], pero lamentablemente, en las actuales condiciones, esto ya no es ni pragmático, ni útil; ni siquiera prospectivo. Veamos los datos:

1985: 146,091 con un padrón de: 2,753,572 y 1,907,771 votos ejercidos.

1991: 164,155 con un padrón de: 3,204,955 y 1,808,718 votos ejercidos[3].

1995: 111.074 con un padrón de: 3,711,589 y 1,707,033 votos efectivos.

1999: 119,788 con un padrón de: 4,458,440 y 2,397,212 votos efectivos.

2003: 139,386 con un padrón de: 5,073,282 y 2,937,169 votos efectivos.

2007: 207,734 con un padrón de: 5,990.029 y 3,615,867 votos efectivos.

2011: 214,764 con un padrón de: 7,340,841 y 5,022,064 votos efectivos.

2015: 105,555 con un padrón de: 7,558.873 y 5,390,005 votos efectivos.

Cómo se puede deducir fácilmente, tan solo 1.96% fue voto nulo en la última elección, con lo que queda más que claro que el sistema –imperfecto y perverso– pero todavía funciona para los fines que fue hecho.

En otro orden, si bien he propugnado por la deconstrucción del sistema de partidos políticos para crear uno nuevo y verdadero, es decir, instituciones de derecho público que sean intermediarias entre el Estado y la Sociedad, lo que muchos impulsan en la realidad, es una destrucción del partidismo en función de candidaturas uninominales, lo que en la práctica conduciría a una corporativización total de la política. Capos del narco y del empresariado corrupto se regocijarían con un festín de compra-venta de personajes individuales que, por supuesto, responderían a los intereses de quienes los patrocinan. Se les facilitaría la tarea perversa pues comprar partidos o comités ejecutivos siempre será más difícil que comprar personas. Lo que se necesita es un sistema de partidos políticos fuerte y con todas las características que los definen científicamente: Doctrina, bases partidarias, militancia política y adscripción ideológica, presencia territorial representativa, procesos permanentes de formación, democracia interna, transparencia financiera y administrativa y otros elementos que están tan lejanos de la realidad del “sistema político” que padecemos. Pero las condiciones no dan para esa deconstrucción y mientras el largo plazo asoma, se tiene que ser pragmático en el corto plazo.

La cuestión es: Si de todos modos la gente irá a votar masivamente en 2019, ¿Cuál es el reto VIABLE en unas elecciones que ya tenemos encima? Mi respuesta es: Inducir al voto consciente, ejerciendo un rechazo total y absoluto a la vieja política y a quienes la representan. La inmensa mayoría de precandidatos son unas verdaderas chorchas y la tecnología ahora nos permite informarnos adecuadamente, así como verificar en forma ágil y certera.

Además, rastree a las caras visibles. Puede ser que el candidato no presente antecedentes públicos visibles sobre prácticas espurias y francamente corruptas, pero quienes lo acompañan sí. Indague quienes lo financian, su trayectoria y, sobre todo, la coherencia que haya mantenido, no solo en el discurso sino también en los hechos. Pregúntese si el partido que lo impulsa es reciclaje de otro, si ha cambiado de nombre una o más veces.

Un método que no falla (con mayor éxito en las comunidades más pequeñas), es constatar si es una buena persona, un buen vecino, un buen padre, esposo, hijo, hermano. Recuerde que NADIE puede ser un buen líder, un buen político, un buen profesional, sin ser básicamente, una BUENA PERSONA, es decir, aquella que mantiene coherencia entre lo que piensa, dice y hace. Aquel o aquella de quien las personas más cercanas, sus familiares y amigos, sus compañeros de trabajo y colegas profesionales, pueden brindar un testimonio espontáneo y natural sobre su talente ético, su capacidad, humanidad y competencias. Pero fundamentalmente, repito, si es una persona DECENTE. ¿Garantía? Ninguna. Pero la coyuntura y el corto plazo no dan para más. Llevar un grupo reducido pero sólido de personas decentes al Congreso y al Poder Local, es el objetivo viable y realista. ¿Se puede? Sí; ¿Es fácil? No.

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

[1] El genial Tito Monterroso tituló así uno de sus cuentos y me parece la descripción más acertada e ingeniosa de esta democracia representativa tan precaria.

[2] Las razones ya las he expuesto ampliamente pero básicamente responden a la democracia de mentiras que padecemos.

[3] Más padrón y menos votos efectivos. Abstinencia evidente.

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