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Libertad, igualdad, fraternidad… ¿y manifestaciones?

AFP / Geoffroy Van Der HasseltOcho mil manifestantes en París, 133 heridos y 412 detenidos… La manifestación de los “chalecos amarillos”, que protestan contra la política social y fiscal del gobierno de Emmanuel Macron, estuvo marcada por “violencia extrema y sin precedentes”

Salir a las calles para desafiar al poder es una “tradición” muy francesa que no siempre degenera en violencia. Sin embargo, las escenas de caos y enfrentamiento, como las que estallaron en París el pasado fin de semana, son cada vez más frecuentes, según los expertos.

Augustin Terlinden, un belga de 33 años, corría por la avenida Foch, uno de los barrios más elegantes de la capital francesa, cuando se encontró frente a vehículos en llamas y barricadas. “Veo que la tradición revolucionaria sigue siendo muy fuerte en Francia”, dijo con una sonrisa, antes de huir despavorido envuelto en una nube de gases lacrimógenos.

Ocho mil manifestantes en París, según la Prefectura de policía, más de 10.000 granadas disparadas por la policía, 133 heridos y 412 detenidos… La manifestación de los “chalecos amarillos”, aquellos franceses que protestan contra la política social y fiscal del gobierno de Emmanuel Macron, estuvo marcada por una “violencia extrema y sin precedentes”, reconoció al día siguiente el prefecto de Policía de París, Michel Delpuech.

“París en llamas”, alertaba la prensa extranjera, que vio en las escenas de guerrilla urbana una confirmación de que la rebelión hace parte del ADN de Francia, “ese país siempre tentado por la violencia”, según escribió el diario suizo Le Temps.

Pero para Michel Pigenet, profesor de historia de la Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne, esto no es cierto. “Las manifestaciones violentas no son una tradición francesa. Se ven también en Reino Unido, Alemania e Italia”, afirma este especialista en movimientos sociales.

“Pero lo que sí es cierto es que en Francia hay una tradición de movilización colectiva”, estrechamente ligada a la historia del país, comenzando con la sangrienta Revolución de 1789, en la que rodaron cabezas, explica.

“En Francia, la revolución tranquila, no es algo que funcione (…). Hay una idea de que cuando el pueblo manifiesta hay que escucharlo, de lo contrario, la situación puede degenerar”, abunda Pigenet.

– ‘El derecho a la insurrección’ –

AFP / Guillaume SouvantUn manifestante del movimiento de los “chalecos amarillos” ante la policía antidisturbios durante una de las protestas convocadas contra la subida de precios del carburante y el coste de la vida en general, en Tours el 1 de diciembre de 2018

El historiador recuerda que la Constitución de 1793 había establecido el “derecho a la insurrección, cuando el gobierno no escucha al pueblo”. “La idea sigue latente”, dice.

“Las manifestaciones son parte de la cultura francesa”, confirma Olivier Cahn, profesor de la Universidad de Tours. Y la tradición persiste ya que “a menudo ha dado resultados”, subraya este especialista.

Así, varios gobiernos franceses han retrocedido tras manifestaciones violentas, creando la impresión de que son el único modo de expresión capaz de doblegar el poder.

En mayo de 1968, el salario mínimo aumentó en un tercio tras las manifestaciones en las que murieron varias personas. En 1986, el “proyecto Devaquet”, considerado por los manifestantes como una selectividad para entrar en la universidad, fue abandonado tras la muerte de un estudiante. En 2006, la introducción del CPE, un contrato de trabajo destinado a facilitar las contrataciones pero criticado por su precariedad, fue retirado tras violentas manifestaciones.

“Los franceses tienen la impresión de que todos los métodos son buenos: como no escuchan, hay que encontrar otras formas”, explica Michel Pigenet.

“Hay un movimiento creciente que defiende métodos más combativos que las marchas clásicas”, analiza Erik Neveu, profesor de Sciences Po (Ciencias Políticas) en Rennes.

Esto explica el apoyo masivo (70 a 80%) de la población francesa a los “chalecos amarillos”, pese a la violencia de algunos de sus miembros.

“Algunos simpatizan con el ‘pobre comerciante’ cuyas vitrinas quedaron destrozadas, pero otros piensan que es la única manera con la que se puede conseguir algo”, resume Neveu.

Esto podría explicar, añade Neveu, que manifestantes hasta ahora moderados hayan participado en los desmanes. Como esos “chalecos amarillos” padres de familia que actuaron en los disturbios del sábado.

La multiplicación de los desbordes durante manifestaciones, un fenómeno cada vez más común “desde los años 2000”, se explica también por la “pérdida de fuerza de las estructuras clásicas que normalmente estructuran las manifestaciones”, como los sindicatos, concluye Pigenet.

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