Opinión

Enfoque / Diferente vara de medir: Salud y Educación

Gonzalo Marroquín Godoy

En medio del mar de noticias que brotan a diario, en días pasados tuve la oportunidad de escuchar en una misma jornada las demandas de los médicos de hospitales nacionales y del dirigente magisterial Joviel Acevedo. Ambos gremios demandan mejoras salariales y, en el caso de los galenos, que se mejoren las condiciones de los centros asistenciales para poder brindar mejor atención a los pacientes.

Acevedo, en cambio, exige exclusivamente el aumento –finalmente logró el incremento para 2019 y para este año un bono de Q2,500/maestro, lo que significa para el Estado erogar unos Q500 millones de inmediato– sin ofrecer nada a cambio, es decir, los alumnos y el sistema educativo no tendrán ningún beneficio real por ello. Simplemente se está quedando bien con un gremio que se ha convertido en aliado de cada gobierno y es atractivo botín político para el oficialismo.

Para los maestros hay dinero a manos llenas y pobres resultados; los médicos tienen que mendigar y trabajar en un sistema colapsado.

Hasta antes de 2013, con un año más que bachillerato era suficiente para graduarse de magisterio y poder solicitar una plaza en el Estado o en colegios privados. Eso quiere decir que la gran mayoría de maestros –sindicalizados bajo el manto de Acevedo o no– tienen ese nivel de formación, aunque lo deseable es que todos hayan mejorado desde entonces. En todo caso, no es comparable su nivel académico con los médicos.

Cualquiera doctor de los que trabajan en hospitales nacionales tuvo que pasar por siete años de universidad y, si tiene alguna especialización por dos o tres años más. A ello hay que agregar las jornadas de trabajo de unos y otros. Los maestros –cuando son responsables, porque hay muchos que no lo son–, tienen jornadas matutinas o vespertinas con pocas horas de labor. Además, tienen prácticamente dos meses de vacaciones al año. Los médicos, a su vez, son contratados para turnos de ocho horas, aunque muchas veces deben a atender pacientes durante jornadas que exceden por mucho ese tiempo.

¿Por qué entonces el Gobierno es tan dócil y tolerante con don Joviel y ha sido tan intransigente con los médicos –a pesar de ser el ministro parte del gremio y conocer sus innegables necesidades–?

Antes de intentar dar una respuesta a esta interrogante quiero dejar claro que admiro a los maestros que llevan en la sangre la vocación de educar bien a los alumnos. No estoy en contra de las reivindicaciones del gremio, pero sí en la forma en que esta se manipula. No me parece, por ejemplo, que algunos o muchos maestros dejen tirados a sus alumnos para salir a protestar al llamado de Joviel, cuando a él o al gobierno de turno le conviene.

Digo esto, porque no es estar en contra de los maestros, es señalar la forma incorrecta en que se mide a unos y otros.

En el caso del magisterio y su sindicato, comparto las críticas que formulan algunos expertos en temas de educación, en el sentido que se hacen aumentos, pero no se ven mejoras en el sistema. Se han incrementado miles de millones de quetzales en el presupuesto de Educación, pero el sistema sigue tan caótico como siempre. Resultados de investigaciones y mediciones serias, muestran el retraso que tiene Guatemala con respecto a países cercanos, como El Salvador y, sobre todo, Costa Rica.

Los médicos en cambio piden el aumento que también es justo y necesario, pero al mismo tiempo plantean necesidades para atender mejor a la población y mejorar los hospitales. ¿Qué ofrece a cambio el movimiento de Acevedo?

A mediados de 2016 participé en una reunión de periodistas en Casa Presidencial con el presidente Jimmy Morales. Entre otras cosas, me llamó la atención la forma en que ya para ese entonces se refería el mandatario a Joviel Acevedo. Daba como cierta y segura la información que el dirigente magisterial le brindaba.

Yo he visto, gobierno tras gobierno, cómo Acevedo doblega a los ministros y hace que todos coman de su mano. Solamente durante el período de Oscar Berger no sucedió así y cerca estuvo de ir a parar a la cárcel, algo que no sucedió por la llegada de Álvaro Colom, cuando las aguas volvieron a su cauce normal.

A lo interno del magisterio se mide también con diferente vara. A los maestros que trabajan cerca de las familias –buenos maestros–, muchas veces sin contrato, se les paga mal por su sacrificio. A los que dejan la responsabilidad del aula para protestar, se les premia con los bonos.

Total, a unos con una vara corta y rígida y a otros con una larga y flexible.

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