Opinión

Enfoque: La niñez guatemalteca en el olvido

Gonzalo Marroquín Godoy
Cierto día de estos, en medio de esos atascos de tránsito que permite leer hasta los anuncios que llevan en la parte trasera los destartalados buses “rojos”, vi uno que me llamó la atención. Trataba sobre la posibilidad de adoptar a un niño guatemalteco, seguramente abandonado y maltratado en alguno de los “hogares seguros” del Gobierno, en los que tanto mal se ha cometido.
¿Hay acaso alguna política pública del Estado de Guatemala dirigida a promover una mejor calidad de vida para la niñez?

Si tuviera el talento de Martin Luther King, diría algo más o menos así:

Tengo un sueño: sueño con que todos los niños chapines tengan la oportunidad de vivir más allá de los cinco años. Sueño que cada año disminuya el índice de desnutrición crónica infantil, que tantas vidas cobra y reduce drásticamente las capacidades de los pequeños, que principian así su vida con una desventaja gigantesca.

Tengo un sueño: sueño que así como mis hijos y nietos han tenido –o tienen– oportunidad de estudiar en un colegio, la mayoría de niños en el campo pueda tener al menos una escuela decente y maestros responsables que verdaderamente se preocupen de su educación.

Tengo un sueño: sueño que se respete a las niñas de nuestro país y que se castigue a quienes abusan de ellas, provocándoles –además–, embarazos que transforman sus vidas y traen al mundo niños que también crecerán con frustración y pobreza.

Tengo un sueño: sueño que ya no haya niños guatemaltecos que tengan que salir hacia Estados Unidos para buscar una vida mejor, tener oportunidades o simplemente porque van en busca de sus padres. Sueño que los respeten en el camino los mexicanos y los estadounidenses no los obliguen a separarse de sus padres cuando lleguen al que alguna vez fuera país de las oportunidades.

Con ese tipo de sueños, en donde desaparece la triste realidad y se convierte en algo totalmente diferente, se podría escribir un libro completo, no digamos un discurso como aquel que, expresado de manera brillante, dejó tanto para la historia el pastor Luther King. Recordemos que aunque él no pudo ver el resultado de la fuerza de su mensaje, Estados Unidos principió a dejar atrás todo el racismo que tanto dolor causó a millones de seres humanos.

Pues nuestra Guatemala conmemoró ayer el Día Mundial de los Derechos del Niño, una fecha que debiera llamarnos fuertemente a la meditación a todos en Guatemala, especialmente quienes somos papás y hemos tenido la bendición de poder sacar adelante a nuestros hijos con buena educación, atención médica adecuada y un marco de seguridad que –mal que bien–, podemos darles en el hogar. Pero esa no es la realidad de la mayoría de la niñez guatemalteca. Somos el peor país en Latinoamérica… ¡Si! ¡El peor! En cuanto a desnutrición crónica infantil. Eso quiere decir que más del 50 por ciento de la niñez de nuestro país se ve afectada en su crecimiento y desarrollo físico y mental. Si a eso se le suman las deficiencias que hay en materia de educación y salud en el área rural, entenderemos que la niñez guatemalteca está virtualmente en el abandono.

Si para colmo de males, algún joven termina en uno de los centros de asistencia de la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia (SBS), hay que saber que corre el riesgo de morir –si no, solo recordemos a las 41 niñas y adolescentes que murieron quemadas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción–, o de ser abusados o maltratados. Claro que hay programas como los famosos “desayunos escolares” y algunos otros que se llevan a cabo aisladamente en materia de educación y salud. Sin embargo, ni siquiera hay comprensión en el Estado de la magnitud de la problemática.

No recuerdo –lamentablemente– el nombre de un diputado ¡absolutamente idiota!, que en una entrevista de radio, en la que hizo una serie de comentarios increíbles en torno a la aprobación de un crédito por US$100 millones que está detenido en el Congreso, a pesar que el mismo se utilizaría en programas para disminuir ese tipo de desnutrición. Dijo el pendejo este que “solamente se deben aprobar créditos que sean para inversiones que pueden asegurar el pago del mismo”, como si tener una sociedad sana no se traduce en un país con mayor productividad en todo sentido. Pero peor aún, si como rescatar vidas –porque eso es lo que se hace cuando se arranca a un niño de la desnutrición– no fuera suficiente justificación para que ellos aprobaran el crédito, cosa que, además ¡es su obligación!

Tengo un sueño: que Guatemala tenga algún día, una clase política que se preocupe ¡de verdad! por la niñez.

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