Opinión

Luis F. Linares López: LA MADRE DE TODOS NUESTROS MALES

Luis F. Linares López

Si el ingreso a los Estados Unidos fuera libre – como lo fue en la época de la hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX y de la oleada de inmigrantes italianos de la primera década del siglo XX – y el paso por México fuera lo mismo que la travesía del Atlántico en la época de las grandes oleadas migratorias hacia varios países americanos – no solo los Estados Unidos – la fila de centroamericanos que quisieran entrar a ese país comenzaría en el río Grande y terminaría en el Suchiate o bastante más adentro de tierras centroamericanas.

Es posible que las marchas de hondureños de las últimas semanas las hayan orquestado personas interesadas en causar problemas de carácter internacional. Circulan versiones de entrega de dinero efectivo a los migrantes. Es posible que así sea. Pero también es posible, como me contaron personas que tuvieron contacto con los migrantes a su paso por Chiquimula, que la convocatoria se diera a través de las redes sociales – en forma similar a como sucedió para las concentraciones en “la Plaza” en 2015, aquí en Guatemala – a la que respondió proveniente de todos los rincones de ese país.

Pero lo cierto del caso es que si en nuestros países no existieran los vergonzosos niveles de pobreza y de carencias de todo tipo que nos colocan entre los países con más bajo nivel de desarrollo de América Latina y el Caribe, una conspiración o convocatoria para marchar hacia el Norte, enfrentando condiciones extremadamente precarias, tendría muy pocas probabilidades de encontrar un gran número de seguidores.

Más de uno de cada 10 guatemaltecos, hondureños o salvadoreños ha emigrado hacia los Estados Unidos en los últimos 50 años. La emigración cobró auge en la época del conflicto armado que afectó a Guatemala y El Salvador – es bueno recordar que no hubo en Honduras – pero comenzó mucho antes. Países europeos como Italia, España, Alemania, Irlanda y los escandinavos fueron grandes expulsores de población, pero eso terminó, para convertirse después en receptores, cuando lograron reducir la pobreza y la desigualdad.

Es precisamente la desigualdad la madre de todos nuestros males. Es el principal obstáculo para la dinamización de la economía. Es la desigualdad en materia de ingresos y de acceso a la salud, la educación y otros satisfactores básicos, lo que impide que Guatemala y el resto de países centroamericanos, con excepción de Costa Rica, alcancen niveles razonables de desarrollo humano.

En el caso particular de Guatemala la desigualdad y la pobreza son más profundas que en el resto de Centroamérica. Lo cual se vincula con el peso que tienen en nuestra historia las relaciones de trabajo forzoso que imperaron desde el inicio del período colonial hasta la Revolución de Octubre de 1944. Esas relaciones dieron lugar a la enorme brecha actual entre una exigua minoría que concentra la riqueza y la mayoría que vive en la pobreza o en el umbral de la pobreza. Por ello no es extraño que la clase media guatemalteca sea, en términos relativos, la menor de América Latina y el Caribe.

Entre los factores que profundizan la desigualdad se encuentran el excesivo poder que el sector económicamente poderoso tiene sobre la sociedad y el Estado. Poder que le permite controlarlo para perpetuarla y favorecer sus intereses. Es lo que impide que contemos con una institucionalidad pública al servicio del bien común.

En tanto no se logre el equilibrio de intereses no tendremos una economía competitiva, ni habrá seguridad jurídica para las inversiones, pues la conflictividad será creciente e Inmanejable. La vida, especialmente en las áreas urbanas, será una auténtica pesadilla y el deterioro ambiental alcanzará proporciones extremas.

Y entre todo esto, está prácticamente perdida lo que parecía la primera batalla exitosa – la lucha contra la corrupción – en la búsqueda de un Estado eficiente, al servicio de todos los guatemaltecos. En reciente reunión de las cámaras empresariales del istmo, el presidente de la Asociación Salvadoreña de Industriales (ASI) decía, a propósito de la necesidad de ese Estado, que “la corrupción, donde hay una débil institucionalidad, se come al mercado y es una barrera para el crecimiento y la sostenibilidad de las inversiones”. Sin embargo, como en Guatemala la lucha contra la corrupción afectó a miembros de las “mejores familias”, se opta por sacrificarla, aunque ello sea a costa de la viabilidad de una sociedad e, incluso, del mismo clima de negocios.

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