Opinión

ENFOQUE | Ni muy muy, ni tan tan… ¿qué queremos?

Gonzalo Marroquín Godoy

El martes pasado disfruté de una linda noche, no solo porque compartía un momento especial con algunas de mis hijas y una nieta, sino porque juntos disfrutamos de un momento de remembranza escuchando al inolvidable Armando Manzanero, con su repertorio de canciones románticas de los años 60, 70 y 80, principalmente.

Me atrevería a decir que la mayor parte del público –el Teatro Nacional estaba lleno– era de mi generación, aunque como sucedió en nuestro caso, algunos jóvenes llegaron para escuchar a un cantante que les trae recuerdos de sus padres o abuelos.

Hace más de un año que se discute el tema de la CICIG. Las posiciones se alejan, pero todos hablan de un mismo fin… ¿o es doble discurso?.

Al comentar el show en los días posteriores llegué a calificarlo de maravilloso, por todas las emociones que me provocó escuchar canciones como Adoro, Somos Novios, Esta tarde ví llover o Mía, para citar algunas de las que Manzanero escogió para su presentación. Por cierto que no llegó a cantar Contigo aprendí, mi preferida dentro de su repertorio, lo que no disminuyó mi calificación al espectáculo.

Sin embargo, a ese maravilloso agregaba algo que puede parecer totalmente contradictorio: su voz ya no es la misma y por momentos ni se entendía la letra. Así fue en efecto, pero eso no quiere decir que no cumplió con el fin primordial, que era como desempolvar el baúl de los recuerdos.

Por supuesto, de antemano sabía que a los 84 años, Manzanero no puede ser el mismo cantante que fue hasta hace un par de décadas.

En resumen, una noche maravillosa con el cantante mexicano, que será casi seguramente la última vez que venga a Guatemala. Sin mucha voz, Manzanero es Manzanero. No fue perfecto, pero fue maravilloso.

¿A qué viene todo esto del concierto? ¿Qué relación puede tener con todo el tango de Jimmy, Iván, la CICIG y los pleitos que se forman en torno a los que están a favor y en contra de cada postura?.

Cabalmente eso meditaba después de aquel concierto.

Lo que yo, mis hijas y mi nieta pretendíamos al ir a escuchar a Manzanero no era más que disfrutar con los recuerdos de sus canciones. ¡Y lo hicimos!. Su falta de voz no disminuyó el placer de aquel momento. ¡Queríamos ver en persona a Manzanero y escuchar sus canciones!.

Trasladando el ejemplo de este concierto con el famoso tango en torno a la lucha contra la corrupción, me preguntaba por qué tantas personas que disfrutaron y aplaudían a rabiar a Iván Velásquez cuando se destaparon los casos de corrupción contra Roxana Baldetti, Otto Pérez –y tantos más–, ahora son críticos y le encuentran defectos a todo lo que hacía entonces –cuando aplaudían– y continuó haciendo luego.

Cabe reconocer que no fue afortunada su intervención directa en la reforma al sector justicia. No porque no tuviera razón en lo que se pedía, sino porque no era su tarea convertirse en el principal impulsador del proyecto, y más bien debió dejar que la discusión y liderazgo la llevara alguna otra instancia.

Este fue el punto de inflexión que aprovecharon quienes no querían verle triunfar en la lucha contra la corrupción, porque se aprovechó para volver el tema en algo ideológico, cuando en realidad, la corrupción no tiene ideología y se ve tanto en los gobiernos de izquierda –Chávez, Ortega, Correa, Maduro, Kirchner y Lula–, como en los de derecha –Pinochet o Fujimori–.

Lograron desviar la atención y cesaron los aplausos y empezaron a verle defectos a todo lo que hacía Velásquez y la CICIG. Pero lo peor es que dejaron de sentir aquel encanto inicial a favor de la lucha contra la corrupción. Ahora hay quienes dicen que estábamos mejor antes.

El problema es que Guatemala, si vuelve al esquema de corrupción imperante dentro del sistema de partidos políticos, no tiene viabilidad. Seguiremos siendo un país rico que produce pobres. Y si lo que queremos es luchar –verdaderamente– contra la corrupción y combatir la impunidad, entonces necesitamos una CICIG vigorosa, porque –le duela a quien le duela–, la resistencia al cambio es fuerte y está enraizada.

Manzanero dista mucho de ser el cantante que fue en el siglo pasado –insisto, su voz nunca fue maravillosa, pero su música y sentimiento al cantar sí–.

Tal vez Iván Velásquez ya no encanta con sus acciones, pero si lo que disfrutamos –y necesitamos– es luchar contra los corruptos, debemos preguntarnos ¿Cómo lo haremos? ¿Hago bien en oponerme a que continúe la CICIG?.

Yo disfruté de Manzanero. Disfruté de los Jueves de CICIG, porque creo que el país necesita poner un alto y promover un cambio radical en el corrompido sistema político. Ni Manzanero es lo que fue, ni la CICIG es lo ideal. Pero los dos son la versión original de algo que ha tenido su encanto.

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