Opinión

José Alfredo Calderón | Del yo quisiese a lo que es…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

Hace ya muchas lunas, recibí un regalo que me ha acompañado en mi ejercicio personal, profesional, académico y social. Un amigo, psiquiatra social y perfilador criminológico, me dio estas tres perlas para la vida:

  1. No te creas muy importante ni el centro del universo, y cada vez que puedas, ríete de ti mismo.
  2. No vivas del o en el pasado.
  3. No le asignes a las personas y a las cosas, una naturaleza que no poseen.

Podría escribir muchas cuartillas sobre los alcances y profundidad de estas tres joyas pero me centraré en la tercera, la cual, considero la más importante por las múltiples implicaciones que tiene. Las personas tendemos a generar expectativas basadas en lo que creemos, pensamos, sentimos y deseamos, lo cual, la mayoría de las veces está en disonancia cognitiva con la realidad. De esta cuenta, idealizamos una relación “perfecta”, un padre o una madre “perfectos”, un trabajo “perfecto”; e incluso le damos vida a las posesiones materiales, asignándoles una naturaleza que no tienen: un carro o una casa que me da el estatus “perfecto”, una institución, profesión o rol que me posiciona en el rango “perfecto”, y así, ad infinitum en temas y casos.

Traigo a colación esto, porque en política, también sucede este efecto. La gente espera al mesías que nos sacará de la crisis, cuando cualquier persona con dos dedos de frente sabe que el problema es descomunal, histórico sistémico y estructural, y lo que necesitamos son equipos de trabajo, eso sí, conducidos por un liderazgo del que carecemos. Da grima leer muchas columnas de opinión que, conociendo la realidad, insisten en hacer llamados a la conciencia de los diputados, magistrados, políticos, empresarios, militares, religiosos y cuánto actor o “influencer” se les ocurra. ¿Conciencia? Cuando los hechos han demostrado que la esencia del sistema perverso es colocar en las posiciones claves a sus agentes perversos y éstos deben responder a los intereses de la perversidad que les da vida, trabajo y privilegios. Una persona perversa puede “cambiar” coyunturalmente por conveniencia, pero no por ello deja de su naturaleza sino la reviste con un “tacuche” de ocasión para aparentar que el malo se volvió bueno, el pendejo mutó a inteligente o el autócrata repentinamente devino en democrático.

Ni que decir de los diseñadores del sistema, cuyo cuello blanco los había tenido alejados de la vitrina, hasta que la CICIG demostró que el pecado original del sistema político: el financiamiento electoral ilícito, partía precisamente de ellos. Pero esta historia constituye capítulo aparte y hoy me quiero concentrar en esa brecha entre lo que yo quiero o deseo y la contrastante y fría realidad.

Los llamados a la conciencia hacia el presidente son más patéticos todavía, porque si alguien se esmera diariamente para demostrar sus pocas luces y cobre, es esta luminaria tropical cuyo discurso último hablaba de “zangoloteos y te pezcos” en una clara alocución en la que la vulgaridad ya se convierte en histórica. Jamás un presidente de la república ni ningún funcionario público había colocado al país en tal nivel de vergüenza: Alipori!!

Siguiente el hilo de esta manía del ser humano, de asignar esencias distintas a las que naturalmente tienen las personas y atribuir calidades subjetivas a las cosas materiales, se sigue pensando que la corrupción desaparecerá si colocamos en los puestos a personas “decentes”, ignorando –nuevamente– la fuerza centrífuga del sistema. Se sigue soñando que pronto –por arte de magia– surgirá un paladín que nos sacará de la crisis o que los perversos expiarán culpas y por acto de contrición cambiarán de la noche a la mañana.

Ahora bien, si se hila en cosas más complicadas, veamos el ejemplo de lo sucedido los últimos días con la Corte de Constitucionalidad. Mucha gente esperaba que la denominada “Corte Celestial” impusiera “orden” y colocara en su lugar al presidente y su séquito. Muchos evocaban el “Serranazo” y la valiente y decidida acción de la Corte para retornar a la institucionalidad democrática en 1993. Luego se dieron varios hechos que delataban la verdadera naturaleza de la CC. No dio lugar a varios recursos presentados por la presencia innecesaria e intimidante del ejército en las calles, los ataques a la CICIG y al propio Comisionado, ni tomó iniciativa ante la funesta conferencia de prensa del presidente el aciago viernes 31 de agosto. Para coronar lo que los optimistas informados (mal llamados pesimistas) ya sabíamos, el domingo 16 en la noche emiten una resolución al estilo chapín, es decir, con la ambivalencia propia de nuestro lenguaje. Sin embargo, para quienes nos dedicamos a efectuar una observación social detenida, las señales eran claras. Veamos: Renuncian los ministros de Finanzas y Trabajo, que para nadie es un secreto su relación con el Tío Sam; la CC emite una resolución en día y hora inusual y, lo más sorprendente, por unanimidad, cuando la media estaba marcada por una polaridad que se rompía con mucha estrechez y siempre daba votaciones 3 a 2.

Lo que no fue tan inusual es el producto gallo-gallina que sacaron. Al mejor estilo de cualquier coloquio chapín, pareció decir: “Sí, pero no”. Se acepta amparar pero…la ambigüedad de dicho amparo permite una serie de interpretaciones y, lo que es peor, acciones del gobierno para pasarse por el arco del triunfo la decisión del más alto Tribunal. Pero volvamos al meollo del artículo, muchas personas esperaban algo que ellos querían fervientemente: una actitud contundente e inequívoca de la “Corte Celestial”, aunque la evidencia y la realidad apuntaban en contrario. Precisamente en este punto se debe ir a la naturaleza del ente constitucional. ¿Cómo se integra esta Corte? Un representante de cada uno de los organismos del Estado, un representante del Colegio de Abogados[1] y un representante de la Universidad de San Carlos. ¿Cuál es la situación de cada uno de estos organismos? Lo diré breve y conciso: COOPTADOS.

Además de esta condición natural por nombramiento y perversa por situación, bastaría revisar la historia política reciente para entender que la unanimidad solo sería posible en un ambiente de convenio previo y bajo lineamientos (quizá todavía no podemos hablar de instrucciones) dictados en un idioma que no es el español. No se necesita ser muy agudo para entender, además, que un organismo como la CC es esencialmente político y su conformación, responde a ese carácter. No se pueden esperar manzanas de un peral o limones de un naranjal. En otras palabras, no le asigne a las personas o cosas, una naturaleza que no poseen. ¿Se han tenido excelentes resoluciones? Sí. ¿Se han tenido malas o ambiguas? Sí. En última instancia, su naturaleza es la que manda. ¿Claudicamos a nuestros deseos por una verdadera democracia y sociedad justa? No. Pero entendamos y atendamos la naturaleza de las personas y las instituciones…

[1] Por cierto, vergonzosas las declaraciones recientes del presidente de ese colegio profesional.

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