Opinión

José Alfredo Calderón | Cuando se escarba se encuentra…

José Alfredo Calderón.

Historiador y observador social

Entre las capas medias y las clases altas, está de moda decir que la sociedad está polarizada y que la culpa de ello la tiene la Comisión Internacional contra la Impunidad –CICIG–, con énfasis en ese “comunistota” que es Iván Velásquez, su Comisionado. Según esto, una vez fuera el Comisionado y su Comisión, “Mi Guate” no tendrá polarización y el nirvana se apoderará nuevamente de este folklórico lugar al que llamamos Guatemala. Cuando uno lee y oye pendejadas como esta, no sabe que es peor: la perversión y las acciones del Pacto de Corruptos o el berrido de sus corifeos (conscientes o inconscientes) que sin saber mucho, replican cualquier meme, comentario, columna, vídeo o grabación sin el más mínimo reparo, atención o reflexión.

Ahora resulta que el fenómeno identificado y descrito por los científicos sociales desde el siglo XIX como lucha de clases[1], se esconde –para garantizar la mejor corrección política posible– bajo eufemismos como “polarización”, “conflictos de interés”, “desencuentros culturales”, “desavenencias políticas”. Otros menos inteligentes acuden a epítetos como “desestabilización”, “boicot”, “terrorismo”, lo cual es llevado a cabo –según ellos– por enemigos de la paz social, agentes del comunismo internacional, ateos terroristas y engendros del mal. Por supuesto que en esa categoría entran aquellas personas que luchan por sus derechos, que reivindican garantías sociales, que reclaman su dignidad humana y que se oponen a la injusticia, la inequidad, la impunidad, la corrupción y, en general, a la violación de derechos humanos.

En toda sociedad estratificada en clases y con altos niveles de injustica e inequidad, las pugnas de vencedores y vencidos, opresores y oprimidos, dueños del capital y quienes solo poseen su fuerza de trabajo, no solo son desencuentros frecuentes y sensibles, sino manifestaciones permanentes del malestar que causa una sociedad edificada bajo condiciones de desigualdad. Hay lapsos históricos en el que este fenómeno se manifiesta con más fuerza, lo cual se acompaña en ocasiones con períodos de “calma chicha”, que ya hemos explicado en otro artículo específico.

Las luchas de liberales y conservadores, de militares y civiles, de protestantes y católicos, de hacendados y campesinos, de industriales y obreros, de indígenas y “ladinos”, de “blancos” y afroamericanos; se inscriben en la historia como enfrentamientos entre clases y capas que defienden intereses raciales, gremiales, económicos, “espirituales” y de diversa índole. Este fenómeno responde al motor del sistema que cada país ha instalado y desarrollado, siendo procesos desiguales y combinados, es decir, no encontramos sistemas puros, aunque en el papel sus constituciones definan situaciones ideales. Así tenemos países capitalistas, que manejan muy bien la conflictividad social mediante mecanismos de diálogo y una amplia gama de satisfactores sociales que minimizan el malestar social, aunque no lo desaparezcan. Por lo general, son países con clase dominante que también es hegemónica.[2] Por otra parte, se cuenta con países llamados socialistas pero que en sus prácticas resultan igual o más dictatoriales que los regímenes que defenestraron.

Aunque a las guerras se les endilguen razones románticas, deportivas o casuísticas, el hecho que subyace siempre es de índole económica y brota de los intereses políticos de una o más clases para imponerse sobre otras de forma transnacional. Con el concepto “clase” pasa una situación similar. Lo políticamente correcto es hablar de grupos, sectores, conglomerados pues eso le quita el carácter ideológico, según los interesados.

Ni que decir de la reculada que tuvo que dar el autor de “El Fin de la Historia” (Francis Fukuyama), pues tiempo después de la publicación de su “Best Seller”, se dio cuenta que las ideologías no solo no desaparecen, sino que están más vivas que nunca, aunque sea bajo otras formas no tan tradicionales.

A estas alturas, ya se puede distinguir que la crisis política del país no es por la CICIG o por el Comisionado. Lo que se quiere ver como una pugna entre el presidente (“adalid” tropical de la soberanía) y el Comisionado (“agente extranjero transgresor de esa soberanía”), es solo una fachada que pretende ocultar las verdaderas causas. No es casual que las élites confesas por delitos por los cuales pidieron perdón públicamente, ahora respalden a otros empresarios que saludan y felicitan la acción presidencial de anticipar la no renovación del mandato de CICIG y no dejar entrar a Iván Velásquez. ¿Se ve ahora la relación? ¿Se entiende como los intereses económicos de clase dominante (aunque no hegemónica) se terminan imponiendo? ¿Se capta cómo todo este imaginario xenófobo e “ideológico” es una cortina de humo? ¿Qué hubiera pasado si las investigaciones de la Comisión Internacional se hubieran mantenido enfocadas en funcionarios públicos (militares y civiles), “clase política”, así como pequeños y medianos empresarios? La corrupción no es causa sino efecto del sistema. Por eso, aunque se cambien las personas: el peculado, la malversación, la coima y toda una serie de prácticas delictivas e inmorales, permanecen. Pero cuando se toca el sistema, no es difícil encontrar quienes son los que lo diseñaron e implementaron el “pecado original” que CICIG puso al descubierto. En buen chapín: “¿Si se entiende vedá?


 

[1] A pesar de la demonización de conceptos como lucha de clases, burguesía, proletariado, oligarquía, acumulación originaria de capital, esto no puede esconder el hecho de que son categorías económicas que describen actores y procesos dentro de un proceso histórico, social y político. Son usadas tanto por ideólogos marxistas como por otros científicos de corrientes sociales diversas.

[2] Es decir que además de dominar, imponen con mecanismos aparentemente consensuados, formas de pensar que fundamentan imaginarios sociales que pertenecen a la clase que domina, pero que logran que las os subalternos

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