Opinión

ENFOQUE: Cambios “cosméticos” encantan a muchos!!!

Gonzalo Marroquín Godoy

En el mundo moderno, marcado por grandes avances y transformaciones, el ser humano aprende que el cambio se ha convertido en una tendencia permanente. Lo que antes tardaba décadas en evolucionar, ahora lo hace en apenas un par de años –como sucede con los smartphones–. Esa dinámica, por supuesto, se debe a las necesidades que hay que atender y a las exigencias de las sociedades modernas.

Esa dinámica global parece no haber impregnado aún a los guatemaltecos. Aquí la resistencia al cambio es dominante. Al parecer, los chapines solemos inclinarnos por las cosas o situaciones cosméticas, entendiendo estas como aquellas que dan la sensación de cambio, pero en el fondo no producen ninguna mejora profunda.

                                                  La palabra  (cosmético) se usa en sentido figurado para referirse a algo que cambia la fachada, pero no el fondo .

La explicación para que esta tendencia sea tan dominante, se puede encontrar en que históricamente nos hemos acondicionado de esta manera y no se hacen suficientes esfuerzos para desecharla y principiar a ser exigentes con nosotros mismos como sociedad y no contentarnos con la mediocridad. Por supuesto que, como todo en la vida, no hay nada absoluto y siempre hay ejemplos dignos y positivos.

Recordemos que desde el primer acto político que marcó el surgimiento de nuestra Patria –la independencia–, se hizo casi de manera cosmética. Lo que el grupo dominante pretendía era no perder privilegios comerciales. Sabían que la independencia llegaría tarde o temprano, pero manipularon el momento de tal manera que ellos –los poderosos– pudieran seguir decidiendo el destino del país, al extremo de llevarlo –como ocurrió– directamente a manos de Agustín de Iturbide y si imperio mexicano.

En el recorrido histórico hubo algunos momentos de cambio, provocados muchas veces por corrientes políticas o económicas del momento, aunque ocurrieron casi siempre bajo regímenes dictatoriales. En la historia más reciente, el momento más destacado llega tras la Revolución de Octubre (1944), con el gobierno de Juan José Arévalo. Hay que recordar que tras una cambio tan drástico, de dictadura militar a un gobierno civil y democrático, no cabía esperar menos.

Con el retorno del militarismo en 1954 principia también a construirse esa cultura de maquillaje cosmético, superficial. El país avanza por esfuerzo de unos pocos y sobre todo, por la inercia que hace que las cosas caminen, más no que cambien.

Me impactó cuando cerca de 30 organizaciones se manifestaron a favor de la reforma a la Ley Electoral de 2016, tan solo porque “contiene algunas mejoras”. Nos conformamos con lo cosmético, por más mediocre que sea. Reconocía que no era lo necesario, pero estuvieron de acuerdo con ella. Ahora estamos entrampados ante el engaño que ya preparan los diputados con las famosas reformas de segunda generación.

Recuerdo que en el colegio, los hermanos maristas, españoles en su mayoría, utilizaban una palabra que ha caído en desuso: ¡pamplinas!. Eso fue aquella reforma legislativa y eso será esta nueva si no se presiona a los dipucacos, que de nuevo se creen todopoderosos –a pesar del desprestigio de que gozan–. Para quienes no están al corriente de esta palabra –¡pamplinas!–, el diccionario de la Real Academia dice que es dicho o cosa de poca utilidad. Es cierto, esas reformas, como las que hicieron y las que ahora pretenden los diputados, son de poca utilidad.

Que diferente hubiera sido si como sociedad se hubiera exigido con fuerza, que se aprobara algo que no fuera cosmético, sino de cambio auténtico.

Nos gustan los parques bonitos, por más que la ciudad esté asfixiada. Si el servicio de transportes es mediocre –como el existente–, pero con algunos buses bonitos, nos parece maravilloso. Las carreteras, con los hoyos tapados o un recapeo de 5 centímetros, son un alivio. Si tenemos buen servicio telefónico, no nos importa que roben. Si el maquillaje cosmético es bueno, nos conformamos.

Hay que elevar el tono de las exigencias. Hay que dejar atrás lo mediocre y cosmético. Debemos aspirar a cambios ¡de verdad!

 

 

 

 

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